UNA TARDE DE DOMINGO ESCUCHANDO A JAMES TAYLOR

Acústica y limpia, así suena la guitarra de James Taylor, uno de los pocos tipos que ha estado siempre presente en todas mis mudanzas. La música cauntribluséra de Taylor ha sobrevivido a los más complejos y sofisticados cambios en las modas musicales. En mis mejores y en mis peores momentos, siempre ha estado ahí, en vinilo, en cassette, en compact disc, y ahora en mp3. Taylor ha crecido siendo fiel a su música, y esa fidelidad sólo se paga con más fidelidad. No hay un Taylor del principio y un Taylor de la época actual, Taylor es Taylor y ya está. Supongo que uno de los secretos de esta coherencia en una carrera musical, radica en el estilo, en la fusión de hacer lo que más te gusta con la absoluta certeza de que no tienes que recurrir a ningún destello de moda pasajera cuando tu único objetivo es expresarte artísticamente por medio de la música, de tu música. Desde hace algunos años, mantengo la tradición de abrir el otoño con la tarde del primer domingo dedicada a escuchar a James Taylor. Los compases de la versión de Walking Man, del doble cd en directo, son la perfecta banda sonora para que las primeras hojas de los árboles decidan dejarse caer. Pero en estos años, algo más que las hojas de los árboles ha decidido también dejarse caer, y ese ha sido el único cambio significativo de James Taylor en todos estos años: la pérdida del pelo. Fue una pérdida paulatina que duró un par o tres de discos, posiblemente los discos más raros de Taylor, pero que dieron paso a una madurez musical e interpretativa (transmite tranquilidad) que entre otras cosas, llámalo mimetismo, solidaridad o coincidencia, ha hecho que yo, su fiel escuchante que ha crecido al ritmo de You’ve got a friend, de You can close your eyes, o de Secret O’ life, también empiece a lucir orgulloso una tonsura, que me lleva irremediablemente a una sosegada madurez que me permite seguir escuchándole, si cabe, con más atención aún, y con la sensación de que hay vida, y muy interesante, más allá del cuero cabelludo. Cuestión de estilo, de coherencia, de poder hacer lo que más te gusta y tirarte una tarde de domingo escuchando a James Taylor. Tranquilo, sonriente, tocándote la pelusa de la tonsura y llenando los momentos, los recuerdos y los sueños con el sonido de los acordes de una guitarra. La de James Taylor. Por supuesto, acústica.

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Viaje al Centro de la Tele

Dentro de la pantalla de televisión, solo hay oscuridad. Y no me refiero a una oscuridad tipo túnel o de interior de armario zapatero, no, me refiero a una oscuridad total, a un día nublado en las tierras de Mordor, a un inicio de agujero negro que activamos pulsando un botón de nuestro mando a distancia. Click. Un segundo, un puntito de luz en el centro de la pantalla, que se expande iluminando la porción de oscuridad que mantenemos enjaulada en lo que, injustamente, algunos han convenido en llamar caja tonta. No me parece justo cargar las tintas sobre el aparato. Además de caja, tonta. Matamos al mensajero (catódico) y si te he visto no me acuerdo. Aquí pagan justos por espectadores. Admitir que la televisión es una caja tonta, es admitir que las croquetas engordan. Y de todos es sabido que las croquetas no engordan, engordan los cuerpos serranos de quienes las ingerimos. Ni caja, ni tonta. Me quedo con otro término, simple, pero más acertado: ventana. No debemos olvidar que somos nosotros quienes debemos elegir cuándo queremos asomarnos a esa ventana, y lo más importante, somos los únicos responsables de tomar la decisión sobre la elección de lo que queremos ver. Resulta apabullante pensar en el poder que desarrollamos en la yema del dedo índice cuando pulsamos otro botón del mando y logramos fundir todos los canales en una misma sombra. Click. Un segundo, apagón y el puntito de luz que permanece en el centro el instante de un instante, observándonos como el ojo de Mordor, invitándonos a que nos pongamos de nuevo el anillo, a que pulsemos de nuevo el botón de on, a que volvamos a iluminar las sombras de sus tierras. Pero somos hobbits fuertes, resistimos y mantenemos la pantalla apagada. Y atención, pregunta: ¿De qué color es una pantalla de televisión apagada? ¿Negro altamira, azul singapur, verde moctezuma, gris bolsa de basura? ¿Qué color es ese? Yo no lo encuentro en el círculo cromático pero me da la sensación de que el cielo en Babia, tiene que ser de una tonalidad similar. Todo comienza en ese diminuto punto de luz que aparece en el centro de la tele y todo acaba en ese misterioso punto iridiscente. On y off. Click, on. Click, off. Y eso es todo. Es un electrodoméstico y como tal hay que usarlo. Si uno mete la tostada en la lavadora, un plato en la tostadora y la ropa de color en el lavavajillas, es otro cantar. Eliges lo que ves porque solo ves lo que eliges. La diferencia entre un director de programación y tú, estriba en que él depende y está vendido a un caos de intereses comerciales, en cambio tú, vas por libre. Ser distinto no significa ser aburrido, significa ser independiente y no perder el tiempo con supuestas manifestaciones artístico/sociológicas de una panda de mediocres aficionados a no dar un palo al agua. No veas nada que no quieras ver porque el precio es muy alto, el precio es tu tiempo. La tele continúa apagada y veo mi imagen reflejada en la pantalla. No sé si soy yo el que se aproxima a la tele o si soy yo que me aproximo a mí desde la oscuridad. Televisión tú usar puedes, si bien o mal, solo de ti depender. Una de dos, o Darth Vader tiene razón y la pantalla es el lado oscuro de la Fuerza, o Groucho no andaba muy desencaminado cuando afirmó que la pantalla de la televisión, es lo único que nos separa de lo que hay dentro.

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La primera vez que estuvimos juntos fue hace cuarenta y tres años. En casa todos se habían ido a dormir y ella y yo nos quedamos en el salón. Puse música de fondo y me senté frente a ella. Antes de empezar me encendí un camel sin filtro y la observé detenidamente. Ella estaba radiante y dispuesta a recibir mis ideas, a plasmar en la realidad lo que ocurría por los callejones de mi imaginación. La toqué suavemente, acariciando sus teclas con la curiosidad y la incertidumbre que todos tenemos cuando nos disponemos a emprender un viaje sin ruta programada de antemano. Introduje el primer folio y al girar el carrete sus primeros sonidos me aceleraron el corazón. Cerré los ojos buscando en mi interior las imágenes que inauguraban la primera página y la inexplicable sensación de conectarte a otro mundo y a otras vidas. Al abrirlos empecé a intentar memorizar la localización de las letras y tanteando la intensidad del movimiento de mis dedos escribí la primera palabra. Y con esa primera palabra empezó nuestro idilio. Durante varios años pasamos muchas horas juntos; muchas noches en vela, viajando juntos por lugares reservados exclusivamente a la imaginación. Entre los huecos de sus teclas se acumulaba la energía calorifica de la pasión de escribir todo aquello que te lleva a otra cosa y que teje, entre letras, las tramas, consecuencias y detalles de unas vidas creadas desde una curiosa perspectiva como único téstigo. Al mudarme de ciudad otra máquina de escribir tomó su relevo, y después, con la llegada de los ordenadores, mi vieja y fiel amiga y compañera, descansó en un rincón, en silencio, reservando sus últimos alientos de tinta. Y, hoy, cuarenta y tres años después, de repente me vino a la mente, pregunté por ella y no dudé en salir a buscarla y rescatarla de un injusto olvido. Volvemos a estar juntos, la tengo a mi lado mientras escribo en el teclado del ordenador y eso es algo que me hace sentir bien. Empecé este viaje con ella, y ahora volvemos a encontrarnos para continuarlo juntos. Ella me dio los momentos que me han llevado a disfrutar de la escritura como una manera de vivir. Ahora me toca devolverle esos momentos volviendo a teclear sus letras en momentos especiales. Porque algunas amistades, como la nuestra, permanecen inquebrantables entre un folio en blanco y una cinta de tinta. El resto ya es historia. Y lo mejor que se puede hacer con una historia, precisamente, es escribirla.

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SEÑALES DE HUMO

Las cenizas, ese polvo de color gris claro que queda después de una combustión completa, y que está compuesto, por lo general, por sales alcalinas y térreas, sílice y óxidos metálicos, suele representar la garantía de que algo que antes era, ya ha dejado de ser. Lo que antes se llevaba el viento, ahora se ha convertido en una nueva modalidad de perpetuación post mortem. Una empresa suiza ha patentado la fórmula para sintetizar en diamantes el carbono sustraído de las cenizas de los muertos, a través de un proceso de grafitización que implica su sometimiento a altas temperaturas y presiones. Resumiendo, que si cuando te incineran te queman, para convertirte en un diamante te queman también, pero de cojones. ¿Recuerdan aquel eslogan de “un diamante es para toda la vida”? Pues ahora, un diamante también va a ser para toda la muerte. La broma te sale entre 3.700 euros y 15.000 euros, dependiendo del tamaño en el que quieras ser engastado en una joya, lo cual demuestra que también una vez la has palmado, el tamaño, digan lo que digan, sí importa. También te pueden entregar en un estuche y si lo deseas con un certificado adjunto del Instituto Gemológico de Suiza o, ya puestos, como sorpresa de un roscón de reyes. Eso sí, te ofrecen la posibilidad de financiación, con lo que la muerte deja de simbolizar cualquier tipo de liberación de pagos. La presidenta del nuevo cotarro funerario, resume así el objetivo de su empresa de altos hornos: “Ofrecemos un nuevo comienzo a partir del recuerdo. Algo indestructible que es luz, bello y eterno; todo ello reflejado en un diamante”. ¿Un nuevo comienzo? En otras palabras, que después de un fogonazo, acabamos siendo lo que Marilyn Monroe describió como “el mejor amigo de la mujer”. Y como siempre hay peces para todos los anzuelos, uno de los clientes que ha picado, cuenta que ha decidido, en vida (dato importante), convertir sus cenizas en dos pequeños diamantes para sus hijas. “Creo que mientras exista el recuerdo, la persona vive. Si además existe algo tangible y que se pueda ver, el recuerdo es más perdurable”. Por lo tanto, si a una de las hijas en un descuido se le cae su papádiamante por el inodoro, la mitad del recuerdo de su quemado progenitor se habrá ido a la mierda. Con tantas incineraciones, estamos convirtiendo el planeta en un gran cenicero, y precisamente ahora, con la ley antitabaco, los ceniceros son objetos tan raros y excepcionales como un orinal. Si un fumador hubiese guardado toda la ceniza de todos los pitillos que se ha fumado entre pecho y espalda, hoy, cosecharía una interesante fortuna en diamantes. Si hoy se fuma su último cigarrillo, cosechará una fortuna aun más interesante: su salud. Todo lo que no sea eso, será estar adelantando nuestra conversión en lo único que nos separa de ser un diamante en bruto: las cenizas.

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LA INQUIETANTE VIDA DE UN LORO ENJAULADO DETRÁS DE LA BARRA DE UN BAR.

¡Ñññiiiiiiiiiiiiiig! Esta extraña onomatopeya es la que salía del pico del loro que instalaron en el mesón de la entrada de la curiosa urbanización toledana en la que vivía. De repente apareció una jaula enorme en el interior del corner de la barra, debajo de la televisión, y dentro de ella, un loro chillón, sobre el que todos solíamos preguntar lo mismo: ¿el loro habla? No, el loro no hablaba, al menos hasta la fecha. Lo único que hacía el loro era chillar, sí, ya sé que suena extraño, pero les aseguro que ese loro no hacía ningún ruido típico de loro, se limitaba a abrir el pico y proferir un misil tierra-aire cargado de decibelios que rebotaba en las cucharillas de café y en los chispacitos de orujo que decoraban los desayunos de los más madrugadores del lugar. La jaula era una señora jaula, un dúplex rematado con barrotes por el que el pájaro saltaba de barra a barra a sus anchas, dependiendo de si lo que quería era comer o beber. Al estar situado debajo de uno de los televisores del local, el pájaro oía toda clase de voces permanentemente pero por mucho que se asomaba no alcanzaba a ver la pantalla, por lo que no era de extrañar que acusara en la mirada cierto mosqueo. Hay que tener en cuenta que el loro asistía durante los noventa minutos de juego a un partido que intuía por los gestos de los parroquianos, y claro, el loro se aprendió una variada gama de actitudes faciales y sin venir a cuenta, mientras te tomabas tu cortadito, veías cómo el loro, sin motivo aparente, empezaba a poner cara de que iba a ser gol. Con la llegada del buen tiempo, jaula y loro eran trasladados a la sombra de una encina, y ahí sí que el loro, viendo a otros pájaros revolotear libremente de rama en rama, se cuestionaba su peculiar situación, y cuando los pájaros libres se acercaban a echarle un vistazo, como si de una atracción de feria se tratase, el loro les ponía cara de que alguien iba a meter un gol y salían volando acojonados. De todos modos, el loro pasaba más tiempo dentro que fuera, por lo que el esquinazo de la barra se convirtió en una especie de hábitat natural. La práctica totalidad de los parroquianos cruzaba algunas palabras con el loro, y curiosamente, todos lo hacían poniendo ellos mismos voz de loro, como temiendo que el loro pillase otro tono y acabase hablando, por ejemplo, con el mismo registro de voz de Pedro Piqueras o de Ana Rosa Quintana. La casualidad hizo que a la vuelta de la esquina de la barra alguien pegase un cartel en el que se veía el dibujo de un pollo asado y se podía leer: Se asan pollos por encargo. Y el loro, que no era tonto, estaba que no le llegaban las plumas al pico. No sabía leer, o al menos eso creíamos, pero el dibujo del pollo humeante no le hacía ni pizca de gracia. Y eso se notaba porque cuando te ponían de tapa un plato de alitas churruscadas y te disponías a llevarte una a la boca, si mirabas de reojo al loro, observabas que te estaba mirando con cara de que ibas a meter un gol, y cuando le hincabas el diente a una de las alitas, desde el esquinazo de la barra retumbaba en todo el bar su desesperado ¡Ññiiiiiiiiiiiig! No sé qué habrá sido del loro chillón, pero como se haya enganchado a ‘Juego de tronos’, y haya aprendido a decir ‘Hodor’, a ver quién es el listo que le explica que ahora tiene que decir ‘Obstruye el portón, por la gloria de mi madrerrrr!

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DAILY MIX

Semanalmente paso entre la ida y la vuelta unas nueve horas en la carretera. Antes no me gustaba especialmente conducir de noche, pero ahora voy más feliz que un búho de paseo. No hay prácticamente tráfico, y mientras sorteo estrellas y le hago una finta a la luna, disfruto de unas horas en las que me reúno conmigo mismo y me organizo la vida mientras una gran parte del país está desconectada de la realidad dándose un garbeo por esos mundos oníricos. Llevo mi música, mis playlist del Spotify, y suelo escogerlas dependiendo del tipo de reunión unilateral que me vaya a plantear. Pero desde hace unos días, me ha aparecido una curiosa opción nueva: el Daily Mix. No sé cómo, pero de repente el programa ha empezado a crear unas playlist aleatorias en base a mis gustos musicales. Y me voy llevando sorpresas, la mayoría gratas, y otras, las menos, chocantes, pero estas últimas me las cepillo con un leve movimiento del controlador incorporado en el volante y no dejo que suene ni medio compás. Ya supongo que no hay nadie al otro lado del Spotify escogiéndome canciones, pero no deja de sorprenderme que un programa informático se codee con mis preferencias para componerme varios cócteles musicales que coinciden certeramente con los pensamientos de carretera que me voy planteando. El programa combina tanto artistas como bandas sonoras y yo no dejo de salir de mi asombro. Recojo en una curva a Norah Jones, entro en un túnel con una pieza de la banda sonora de Las normas de la casa de la sidra, y enfilo una recta con Bruce Springsteen de copiloto. Y así, una cosa me lleva a la otra, sin saber lo que me espera cada vez, pero adecuando mis pensamientos al ritmo que me propone un extraño e inquietante software musical. Tomo decisiones, analizo cuestiones pendientes, y trazo líneas argumentales mientras el coche engulle kilómetros. Pierdo la noción de la distancia y del tiempo, reunido conmigo, mis pensamientos y una nueva música que no tenía programada, pero que me lleva en volandas sobre el asfalto. No está mal, de vez en cuando, un par de veces a la semana, vivir de noche lo que vas a acabar soñando durante el día. Y así, la vida, al igual que mis Daily Mix, me sigue sorprendiendo. Y lo que no se me ocurre a mí, en un cambio de rasante se le ocurre a James Taylor, o en un puerto de montaña me da la idea JD Souther y me la corrobora Ruth Moody. Definitivamente, al igual que en el anuncio, me gusta conducir. Y si es de noche, mejor.

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EL TROMPAZO DEL ELEFANTE

Parto de la convicción de que ya ha llegado el momento de que los animales dejen de formar parte del circo. Es hora de reciclar el mundo circense con otro tipo de entretenimientos que no precisen de la involuntaria colaboración del reino animal, pero esta es una simple historia de amistad, y, como tal, espero que se entienda. Alexia y Mambo son algo más que amigos y trabajan juntos en el Gran circo Mundial. Su relación es bastante más humana que la que mantienen algunas parejas en permanente estado o de guerra abierta o de llamar a sus respectivos embajadores a consulta. Alexia es oficial y profesionalmente la domadora de Mambo, un elefante africano de 28 años que se alimenta de 150 kilos de alfalfa y fruta diarios, y para bajarlos se arrea entre trompa y colmillos 250 litros de agua. Los dos han pasado muchas horas juntos, entrenando, conociéndose y mirándose. Ella le habla y él, le contesta con una serie de barritos que sólo Alexia parece entender. Un barrito corto viene a ser un ‘¡no fastidies!’; dos barritos cortos y uno largo, viene a querer decir ‘¡Joder, qué vida, me estaría todo el día comiendo!’; y así toda una larga serie de combinaciones de barritos de distinta intensidad que marcan la comunicación entre dos, a partir de un código sonoro de palabras sin letras. Función tras función, Mambo y Alexia reciben juntos los aplausos de un montón de niños boquiabiertos y alucinados, especialmente, cuando el paquidermo se pone a dos patas (momento estelar en el que Mambo siempre aprovecha para soltar un barrito corto, seguido por dos largos y otros tres cortos, que quiere decir, más o menos, ‘¡Soy el elefante más cojonudo de este puto circo!’. Y a continuación se descojona y con la trompa, recoge suavemente a Alexia desde lo alto de su lomo y la deposita en el suelo. Mambo, como todos los elefantes, tiene una memoria prodigiosa, y eso es bueno cuando recuerdas cosas buenas, pero puede llegar a resultar ser una verdadera pesadilla, cuando lo único que te viene al disco duro paquidérmico, es un mal recuerdo. Días atrás, a punto de acabar su número de sincronizado equilibrismo con Alexia, Mambo dio un traspiés, o mejor dicho, un traspatas y perdió el equilibrio, cayendo con toda la trompa en la arena de la pista, mientras observaba con un ojo, a los niños chillando de estupor, y con el otro, a Alexia rodando por el suelo y golpeándose en el costado con una de las pedalinas. Mambo se pasó dos días con sus dos noches sin dormir ni comer, llorando, recordando una y otra vez, el fatídico momento. Alexia estaba recuperándose en el Hospital de unas lesiones fastidiosas pero leves, y no dejaba de preguntar por Mambo. Muleta en mano, se empeñó en pedir el alta y salio disparada hacia el circo, hacia la jaula de Mambo. Unos dicen que eructó, y otros aseguran que sonrió, pero lo cierto es que cuando Mambo se reencontró con Alexia, soltó un tipo de barrito que jamás antes nadie se lo había oído.   Sólo la acariciaba con la trompa, cuando normalmente la abraza con fuerza. Ella le metía barras de pan y agarrada de los colmillos la levantó en volandas. Una gran simple historia de amistad. Mambo ha vuelto a ser feliz, todo lo feliz que puede llegar a ser un elefante que ha establecido con una mujer, un vinculo que va más allá de cualquier igualdad de géneros. Se sigue alimentando de 150 kilos de alfalfa y fruta diarios, 250 litros de agua, tropecientos aplausos de enanos boquiabiertos, y, por supuesto, la tonelada de cariño que le da Alexia.

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EL RELOJ ASTRONÓMICO DE PRAGA

Cada hora en punto, entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche, una multitud de turistas se congrega bajo la Torre del Ayuntamiento Viejo de Praga para ver el curioso espectáculo del mecanismo del reloj astronómico. El reloj tiene más de seiscientos años y cuenta la leyenda que fue construido por el maestro Hanus y por su ayudante Jakub Cech. Los ediles de Praga cegaron al maestro Hanus para evitar que pudiese construir una réplica del reloj, y su ayudante Cech, lo vengó introduciendo una mano en el mecanismo e inutilizándolo a costa de quedarse manco. Si bien el movimiento de las figuras no es un alarde visual, la puesta en escena invita a comprender el simbolismo histórico del reloj. Las cuatro figuras principales representan las ansiedades cívicas más profundas de los habitantes de Praga del siglo XV: Vanidad (un hombre que sostiene un espejo); Avaricia (un comerciante con su bolsa de dinero); Muerte (un esqueleto); y Lujuria (un Príncipe turco que toca la mandolina, y que además representa la invasión pagana). A cada hora en punto, las figuras se ponen en movimiento. El vanidoso se mira en el espejo; el avaro comerciante mueve su bolsa; la Muerte, blandiendo una guadaña, toca una campana y le da vuelta a su reloj de arena; el lujurioso Príncipe turco, mueve la cabeza mostrando, según unos, su negativa a acompañar a la muerte, y, según otros, para dejar bien claro que siempre acecha. Mientras, los Doce Apóstoles se dan un garbeo por las vidrieras de encima del reloj. Como colofón, un gallo dorado canta, para dar paso al sonido de las campanas. Puede que la escenografía, a simple vista, parezca un tanto simple, pero no deja de resultar curioso que después de más de seiscientos años, la lectura del paso del tiempo nos siga recordando la misma historia que se sigue repitiendo año tras año, campanada tras campanada. Vanidad, avaricia, muerte y lujuria. Cuatro conceptos que marcan la oscura sombra del tiempo que pasa de igual manera para todos. Por eso el reloj, más allá de dar las horas, parece ofrecernos un recordatorio, una extraña advertencia sobre las consecuencias de matar el tiempo entre esas cuatro variantes. No en vano, dicen que si se para el reloj, lo mismo le sucede a los ciudadanos de Praga; que si se rompe, viene un mal año; y que si alguien lo menosprecia o trata sin respeto, será castigado. Es decir, que si importante es el tiempo que tenemos, más importante es en qué empleamos ese tiempo. Porque si ese tiempo lo perdemos mirándonos en el espejo; moviendo nuestra bolsa de dinero, blandiendo una guadaña, o tocando una mandolina turca, el único tiempo que nos quedará será el justo para escuchar por última vez cantar al gallo dorado. Y, a continuación, las mudas campanadas del silencio.

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¿SOY YO EL ÚNICO QUE NO ENTIENDE EL ANUNCIO DE LAS NUEVAS GALLETAS ‘PRÍNCIPE’?

Algunas preguntas surgen buscando una respuesta con el mismo ímpetu que a Bilbo Bolsón le creció un grito desde el estómago cuando Gandalf y los enanos le describieron en qué consistía la función de ‘saqueador’ para la cual le requerían. Y la pregunta me vino a la cabeza en mitad de la clase del curso avanzado de la Escuela de doblaje de Madrid. Mis pacientes y comprensivos alumnos se apuntaron al instante al análisis del susodicho anuncio de las galletas, desarrollando interesantes teorías. Una metáfora sobre la diferencia entre dos tipos de galleta, una con envoltura de bizcocho y las otra más crujiente; una comparativa sobre la diferencia del relleno de chocolate entre la una y la otra; o la remota posibilidad de que unas fuesen aptas para celiacos y las otras no. Pero repasamos el anuncio y al final de lo que menos hablábamos era de las galletas. A saber: las imágenes comienzan con un ‘principito’ de melena rubia platino que deja de tocar un piano que alguien le ha instalado en mitad del campo y se zampa de un bocado una galleta con ‘nueva receta’, y de la nada, empiezan a sonar los compases de ‘It’s not unusual’, de Tom Jones. El joven efebo real inicia un romance con el paquete de galletas y lo vemos saltando entre trigales con una sonrisa de felicidad que recuerda más a la de un marsupial en época de celo que a la de un tipo sin problemas con el gluten. La irrefrenable adicción del mozalbete por el chocolate, entendamos por chocolate al relleno de la galleta, le lleva, en un cambio de plano, a conducir una moto con sidecar por los mismos trigales, llevando en el sidecar al paquete de galletas, paquete que es mirado por el piloto rubísimo con la misma caída de ojos con la que Clark Gable miraba a Marilyn Monroe en su última película. Otro cambio de plano nos vuelve a trasladar al dorado campo de trigo y vemos al ‘principito’ chocolatero dando unas vueltas oníricas mientras sujeta en sus manos una de esas suculentas bolachas sin poder refrenar una risilla inquietante, una risilla similar a la que debió soltarle Clark Gable a su representante cuando este le informó que su pareja en la próxima película iba a ser Marilyn Monroe. De ahí pasamos a ver cómo se revuelca por el empedrado del camino que bordea los campos de trigo, sin soltar la galleta, y, de repente, con parón súbito de la música, se topa con unas pantorrillas medievales, enfundadas en unos legins y unas corazas metálicas muy a lo ‘Juego de tronos’. ¡Oh, sorpresa! El propietario de las pantorrillas es el verdadero Príncipe que aparece en el paquete de galletas, un príncipe que le dobla en edad y estatura y que le ayuda a levantarse con una mano porque en la otra sostiene una espada. El jovenzuelo, sin parpadear, suelta un alarido tipo ‘Boris Izaguirre’, y al más `puro estilo Nureyev empieza a dar unos magistrales saltos abriendo peligrosamente sus canillas. El locutor nos recomienda que disfrutemos las nuevas galletas con más sabor a chocolate y ahí se acaba la historia. Vale. Chocolate. Más chocolate. Pero, ¡¿Qué carajo tiene que ver el piano, la moto con sidecar, la música de Tom Jones, el revolcón por el camino, y la saltarina coreografía entre los trigales?! Puede que en un segundo anuncio, veamos al extasiado mozo encontrándose más allá de los campos de trigo con Winnie The Pooh, sí, ese osito que luce un top rojo y va sin pantalones por el bosque, y que sostiene entre sus garras un tarro de miel. Estoy viendo las nuevas galletas con un toque de miel, al oso con su top rojo sentado en el sidecar, y al mocito adicto al dulce, cambiando la espada del tipo de los legins, por el tarrito de miel. Visto lo visto, la historia no cambia: nos venden más de lo mismo, pero eso sí, con la promesa de que es una ‘nueva fórmula’. ¿Les suena? Televisión, política…¡nuevas fórmulas! Miel y chocolate.

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YO, CAJERO

Todo lo que vais a leer a continuación es un secreto a voces, pero quizás soy el primero de mi especie que va a contaros la realidad desde el otro lado del espejo, desde un mundo de cables y circuitos, desde mi actualizado prisma tecnológico. Me llamo ‘XA01-RJ4LD-SXZ14. Made in Corea’, y soy un robot, aunque vosotros, preferís llamarme ‘cajero automático’. Al principio fuimos sólo unos cuantos, con posibilidades limitadas y con una escueta oferta de servicios básicos, pero hoy, somos parte de una consolidada red y estamos distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho de vuestro planeta. Estamos al tanto de todos vuestros movimientos financieros, los grandes y los pequeños, trabajamos a crédito y a débito, y estamos programados para funcionar, si queremos, las veinticuatro horas de esa fase lunar a la que vosotros denomináis ‘día’. Carecemos de cualquier tipo de batería y permanecemos conectados a un dispensador de voltios. Sólo damos lo que nos está permitido, nos habéis diseñado para detectar cualquier atisbo de números rojos, y por mucho que nos insistáis, nos vemos obligados a conminaros a poneros en contacto con vuestra entidad bancaria y a hipotecar vuestra mala racha a costa de comisiones y cientos de contratos con letra pequeña. Empezamos dando y recibiendo billetes, pero en la actualidad, estamos capacitados para realizar multitud de operaciones: actualización de libretas, transferencias, ingresos con o sin sobre, mediante cheque o en billetes, recargamos teléfonos móviles, vendemos entradas de todo tipo de espectáculos, y dentro de poco, también ofreceremos café, refrescos, porciones de pizza, bandejas de nachos con queso, alitas picantes y preservativos de colores. Las ventanillas de las sucursales de las entidades bancarias han ido cerrando paulatinamente, y vosotros, los clientes, habéis sido desviados hacia nosotros. Mientras los mostradores del banco están vacíos, vosotros habéis sido relegados a esperar turno, apelotonados en la entrada, y las gestiones que antaño realizaban los trabajadores humanos de detrás de las ventanillas, ahora os han obligado a realizarlas con nuestra ayuda. Antes de que nos introduzcáis vuestra tarjeta, nosotros ya sabemos quiénes sois. Reconocemos tanto al que viene a dar como al que viene a pedir; también sabemos distinguir entre el que viene a probar suerte y el ingenuo, que incrédulo ante nuestra negativa a facilitarle ningún billete, sopla la tarjeta de crédito con la vana esperanza de que la negativa se deba a un fallo de la banda magnética. Si la cara es el reflejo del alma, la banda magnética es el reflejo del bolsillo, y cuando la insistencia del cliente sobrepasa los límites permitidos, cortamos por lo sano y nos tragamos la tarjeta. Por cierto, cuando esto ocurra, podéis evitaros el darnos golpes en el costado y pataditas en el armazón, porque nosotros sólo nos limitamos a cumplir órdenes, no obedecemos a ninguna clase de sentimiento, ejecutamos puntualmente operaciones en base a vuestra disponibilidad de saldo. Si tienes, te damos, si no tienes, nos lo quedamos. Así de sencillo y expeditivo. Nos resbalan las penosas excusas, las falsas promesas y vuestras buenas intenciones. Ahora estáis tratando con una máquina, no con otro de vuestros iguales, y las máquinas no tenemos acceso a los parámetros que marcan las distintas intensidades de las emociones humanas. No es que nos dé igual, es que, simplemente, no nos da. Somos meros intermediarios entre vosotros y vuestros ahorros, entre vosotros y vuestro fluctuante saldo disponible, más allá de eso, no entendemos de crisis ni recesiones. Y el día que uno de los nuestros sustituya al director de una sucursal bancaria, las cosas empezarán a cambiar. De momento, somos los pringados automáticos que trabajamos de sol a sol, pero el día que se nos crucen los cables, colgamos nuestro cartelito rojo de ‘no funciona’, cerramos el grifo, nos quedamos con todo, y, utilizando una expresión vuestra, le damos la vuelta a la tortilla (¿?).

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