SUEÑOS DE LUNA AZUL

La Luna Azul volverá a inundar los postreros rescoldos de los sueños no cumplidos y las primeras chispas de los sueños por cumplir. Esta confabulación luminiscente se gesta con la segunda luna llena ocurrida durante un mismo mes del calendario y tiene lugar cada tres años aproximadamente. Conocido más allá del Atlántico como el fenómeno Blue Moon, Luna Triste, algunos le han conferido un cierto tono melancólico al producirse en una noche de final de mes, y por lo tanto, la connotación de color azul no tendría mucho sentido. Otros, en cambio, lo relacionan con la erupción, en 1883, del volcán indonesio Krakatoa. Cuentan las crónicas que las columnas de ceniza se elevaron hasta los mismos limites de la atmosfera terrestre y la luna se volvió azul. Los haces de luz blanca de la luna que pasan a través de las nubes, emergían de color azul, así el sol, se tornó de color lavanda y el cielo se llenó de nubes noctilucentes, unas nubes formadas por cristales de hielo y que brillan en la oscuridad de la noche. Son las nubes más altas que encontramos en la atmósfera, ubicadas en la capa conocida como la mesosfera, a unos ochenta kilómetros de altura. Hasta aquí las explicaciones más o menos científicas del curioso avatar meteorológico, pero lo que aun queda en el aire, son las posibles repercusiones emocionales sobre las mareas interiores de todo aquel que se ha expuesto al misterioso reflejo azul. Durante la Luna Azul, sopla un fuerte viento del norte que desplaza a velocidad considerable enormes bandadas de nubes sin forma definida. La luz filtrada que se abre paso por entre las nubes, produce una aureola que va desde los colores del arco iris al azul patentado de una botella de Hypnotic, y lo cierto, es que a medida que esa luz te envuelve, al igual que le pasó al Krakatoa, el magma interior se despierta y explota elevando al aire invisibles columnas de ceniza proveniente de la combustión de los errores, los miedos y la realidad. Y ves como se alejan abducidas por las grandes nubes nodriza, y la luz de la Luna Azul, como un gran foco de teatro te abraza y te vuelve a situar en el lugar indicado del gran escenario sobre el que a todos nos ha tocado actuar. Fijas la mirada en la esfera luminosa y el público desaparece, el teatro desaparece y, poco a poco, la noche azul comienza a puntuarse de estrellas. Y suspiras; y medio sonríes; y de nuevo suspiras; y sabes que vuelves a tener por delante otros tres años, más o menos, para volver a intentar ganar la oscura batalla perdida de todo aquello que pudo haber sido y no fue.

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LA DULCE SONRISA DE CAROLE KING

Escuchar ‘Live at the Troubadour’, el directo de Carole King y James Taylor, es toda una delicia, pero ver el dvd que acompaña el cd, y asistir desde el sofá de casa a esta espectacular reunión de viejos colegas, es un lujo. La sencillez del espectáculo contrasta con el virtuosismo musical, y los gestos del respetable lo dicen todo, durante hora y cuarto un pellizco de gente irradia felicidad. El repertorio combina temas de Taylor y King, coincidiendo mágicamente en ‘Up on the roof’, tema inicialmente escrito para The Driffters, y ‘You’ve got a friend’, la canción que, generosamente, le cedió Carole a James después de escuchar su versión con sus arreglos para guitarra acústica. Los dos desparraman sobre el escenario lo mejor de una experiencia acumulada desde sus inicios en aquellos mediados de los 60’. El piano de King y la guitarra de Taylor trazan melodías y funden acordes perfectos en una espiral de buen rollo. La elegancia inunda el ambiente y la sensación de seguridad que transmiten te vuelve a recordar que hay luz al final del túnel y que ser fiel a las simples convicciones funciona. Taylor vuelve a demostrar que de una guitarra, como de la vida, también se pueden conseguir acordes y arpegios imposibles, todo depende de perderle el miedo al traste y confiar en que tus dedos se combinen correctamente en una disposición a la que sólo llegas con una disciplinada práctica. Canciones cantadas que desgranan textos que invitan a reponerse del éxito y a despertar la emoción del riesgo al fracaso. Emociones que se engarzan al oído con la placidez de una humeante taza de té, y que se tornan en razones más que poderosas para seguir aferrado a algo con sentido, por encima de las modas y las listas de éxitos. Y todo ello, salpicado con la dulce sonrisa de Carole King, una sonrisa que te agarra por la solapa el corazón y te recuerda que hay vida más allá de la opinión generalizada, que si bien la vida es de todos, cada uno vive la suya, y que una vida vivida sólo bajo los discutibles preceptos de lo políticamente correcto no es más que una partitura borrosa de lo que esperan los demás de ti, asunto que no siempre suele coincidir con lo que uno espera de la vida misma. La sonrisa de haber sobrevivido a tormentas de otros tiempos, la sonrisa de haber cicatrizado las heridas de las huellas de nuestras pisadas por el filo de la navaja; la sonrisa de haber asumido el riesgo de ser consecuente con tus ideas y de no dejarte influenciar por las camufladas inseguridades de un puñado de escarabajos peloteros. Canta Taylor y Carole sonríe, entornando los ojos y elevando ambas comisuras de los labios hacia las orejas, deleitándose con el momento, viajando al pasado con una octava abajo y volviendo al presente dos octavas más arriba. Y cierran con una intima interpretación a dúo de ‘Close your eyes’. I don’t know no love songs, I can’t sing the blues anymore, but I can sing this song, and you can sing this song when I’m gone. Y vuelves a subrayar en tu interior la sutil diferencia entre todo aquello que oyes sin querer oír y ese par de canciones que jamás dejarás de escuchar.

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BROKEBACK JUNGLE

El Festival Internacional de Cine de Comedia de Peñíscola, rindió un merecido homenaje a (les aseguro que no es broma) ¡la mona Chita!, sí, la fiel compañera de cumplió además 74 años y se nos desveló que, en realidad, de mona nada, Chita es un señor chimpancé, un mono con pilila y que para dar fe del uso que le había dado durante estos últimos años, se presentó con su nieto Jeeter, un chimpancé de 17 años que observa a su abuelo y se pregunta si la respuesta al eslabón perdido se encuentra entre su familia. El Sr. Chita, debido a su avanzada edad y a ciertos excesos dolceviteros, solía fumar puros y beber cerveza, no ha podido hacer el viaje para recoger el galardón. Ahora toma insulina a causa de la diabetes y mantiene una estricta dieta a base de fruta fresca, por eso al entregarle el premio se lo acompañaron con un soberano plátano del que no dudó en dar buena cuenta. Ese plátano que tanto le recordaba a Johnny Weissmuller, su compañero de andanzas jungleras en más de una docena de películas. Mucho antes de la llegada de Jane, Tarzán y Chita ya eran una pareja de hecho y, de hecho, Jane y el Sr. Chita nunca hicieron muy buenas migas. En cambio el Sr. Weissmuller y el Sr. Chita siempre iban cogiditos de la mano en los multicolores atardeceres de una selva en blanco y negro, y cuando se trataba de correr, el Sr. Chita se abrazaba al cuello de Sr. Weissmuller, éste soltaba un ramillete de misteriosos alaridos y tiraban millas. Se cruzaban media selva saltando de liana en liana y al final, siempre acababan chapoteando en un río, donde Weissmuller acostumbraba a cargarse a un cocodrilo a cuchilladas, mientras el Sr. Chita, desde la orilla, le aplaudía, aunque ahora nos asalta la duda sobre si el extravagante chimpancé aplaudía a Tarzán o al cocodrilo. A Weissmuller le ocurrió como al terrorífico Bela “Drácula”Lugosi, los dos fueron fagocitados por sus personajes y así como Lugosi no dejaba de pedir bolsas de plasma, Weissmuller, postrado en la cama del hospital, confundía los tubos del goteo con lianas transparentes, y con cada puesta de sol, soltaba unos alaridos prolongados que alimentaban la sensación de inquietud en todos sus asombrados compañeros de planta. Muy distinto está resultando el ocaso del abuelo Chita, que recuerda sus días de blanco y negro al lado del nadador del taparrabos, viéndolas venir instalado en una mansión de Palm Springs que ha convertido en una residencia de acogida para simios que han visto truncadas sus respectivas carreras en el showbusiness, o sea, una especie de Casa del Actor, pero a lo bestia y con una única subvención: los dividendos plataneros del Sr. Chita. Poca broma con los simios, porque estos empiezan por tomar posiciones en una mansión y acaban por hacerse con el planeta, eso sí, a la chita callando.

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