INVENTOS EN LA 3ª FASE

Olvido con frecuencia que existen leyes y principios que limitan nuestros actos: La Ley de la gravedad, la Ley de Murphy y el Principio de Arquímedes. Este triangulo de las bermudas legislativo, establece el alfa y la omega de la coordinación de nuestros movimientos y condiciona sobremanera nuestra percepción y uso de las cosas. En consonancia con la primera ley sabemos que la tostada una vez abandona el plato tiende a caerse al suelo; la segunda aplica la más que probable posibilidad de que ésta caiga por el lado de la mantequilla; y el tal Arquímedes demuestra con su teoría que si la tostada cae a la bañera llena de agua, la tostada flotará. Siempre puedes llenar la bañera de café con leche y comerte la tostada a la salud de Arquímedes, pero como es una cuestión de principios, lo más acertado sería dejar de hacer el idiota y no pasearnos por el cuarto de baño con la tostada a medio mordisquear. Aunque a decir verdad, me consuela saber que no soy el único malapata que está reñido con estas peculiares cuestiones sobre todo aquello que presumiblemente puede caerse, estropearse o romperse. Admitamos que la mano ejecutora a la hora de cargarnos algo es la nuestra, la del consumidor, pero no perdamos de vista a sus propios inventores, los verdaderos padres de la criatura, que al fin y al cabo, entre pitos y flautas, endosan productos en el mercado que desde el momento de la salida de un almacén ya tenían las horas contadas. Objetos y utensilios frágiles, a los que les falta un hervor. Multitud de cosas que precisan de un ajuste final, de darles un par de vueltas más y encontrarles una solución satisfactoria para, de ese modo, facilitarle al consumidor su uso. Pero no, parece ser que el interés del mercado en que esas cosas se estropeen, se caigan y se rompan, está por encima de nuestros bolsillos y logra su comercial propósito de obligarnos a comprar otras para reponerlas. Y por si fuera poco nos hemos de comer la sensación de que somos unos manazas y que además no hemos sabido entender el manual de instrucciones. Cajas de cd´s que saltan de nuestras manos cuando intentamos quitarle el precinto, rompiéndose por una de las pestañitas de plástico, de un cuarto de centímetro, y que son de esas que resulta imposible volver a pegar con el superglue. El mismo superglue que acabará pringadote los dedos y que logrará que tu organismo actúe y reponga las capas de epidermis que te arrancas al intentar despegarte el pulgar del meñique. Los guantes de cocina te preservan de futuras quemaduras pero no te permiten sostener nada en condiciones, porque esas manoplas te han reagrupado los dedos y te han dejado las manos más inútiles que las de Goofy. Además, las cosas siguen quemando. Y ya que estamos quemando, la ceniza de las varitas de incienso nunca cae en la base que las soporta. Los cubiertos de plástico sirven para cualquier otra cosa menos comer. De tres gotas de colirio solo una llega a su destino. ¿Para qué diantres sirven las muelas del juicio? Los patines para deslizarse sobre el hielo, ¿de verdad tenían que basarse en unas peligrosas cuchillas de acero? ¿No hay otro material? ¿No hemos llegado a la luna? ¿Quién mide la distancia existente entre las columnas de los aparcamientos subterráneos? ¿Por qué hay que abrir las bolsas del supermercado a contundentes soplidos intermitentes? No se canse. No busque respuestas porque éstas, permanecen escondidas en un lugar entre ninguna parte y el olvido.

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LA PARSIMONIOSA SONRISA DEL MANIQUÍ

La leyenda de Pascualita o ‘la Chonita’, el maniquí viviente de Chichuahua, se ha convertido en un curioso icono del imaginario colectivo de México. Su origen se remonta al 25 de marzo de 1930, cuando Doña Pascualita, propietaria de la tienda de vestidos de novia ‘La Popular’, hizo traer de Francia un curioso maniquí que nada tenía que ver con los de la época, ya que estaba realizado en cera, con ojos de cristal y pelo de verdad. Doña Pascualita bautizó al maniquí con el nombre de ‘Chonita’, debido a que llegó a su tienda en el día de la Encarnación, pero el pueblo, que para estas cosas es muy rápido, no tardó en rebautizarla como ‘Pascualita’, ya que le encontraban cierto parecido con la dueña de ‘La Popular’. Hoy, Pascualita, continúa luciendo sus vestidos de novia en el escaparate de la tienda y las mozas casaderas de Chihuahua se gastan miles de pesos en comprar el vestido que luce, ya que la leyenda se ha convertido en tradición y se le supone un plus de buena suerte para el matrimonio. Muchos son los testimonios que afirman que Pascualita les ha sonreído desde el escaparate, e incluso dicen que por la noche, Pascualita baja de su peana y pasea su cerúlea belleza por la tienda con la sana intención de probarse otros vestidos. Y desde 1967, año en el que falleció la genuina Doña Pascualita, todo Chihuahua afirma que su espíritu permanece en el interior del longevo maniquí. Pero más allá de la leyenda y cruzando el charco, la realidad ha vuelto a superar a la ficción. Desde hace varios años suelo entrar en Madrid por el barrio de Argüelles, y paso en coche por la calle Blasco de Garay en la que indefectiblemente tengo que detenerme para enfilar la esquina de Cea Bermudez. Pues bien, ahí se encuentra ‘Modas Ana Jesús’, una boutique de barrio con dos inquietantes particularidades. Una: nunca he visto a nadie dentro comprando. Dos: no hay ningún maniquí en el escaparate, pero la que supongo es la dueña, una mujer de edad indefinida, melena ‘Mafalda’, y de una delgadez que evoca a Twiggy, la famosa modelo de los años 60, siempre permanece sentada en un taburete de madera, inmóvil, impertérrita, luciendo un delicado cruce de piernas y con la vista clavada en la Nada. Y lleva todos estos años así. Al principio yo estaba convencido de que se trataba de un maniquí, pero no, es un misterio que observa la vida desde el interior de su negocio viendo el tiempo y los coches pasar. Aunque a veces pienso que, lejos de ser ella la observada, es ella la que nos observa a nosotros desde el otro lado del escaparate de la vida. Y mientras el mundo gira, ella permanece anclada a su taburete, ajena al trajín de la realidad y fiel a su parsimoniosa sonrisa, recordándonos que, en algunas ocasiones, el mejor movimiento es quedarse quieto. Sospecho que, al igual que Pascualita, cuando abre está echando el cierre; y cuando echa el cierre está abriendo una puerta hacia otra dimensión. Una dimensión en la que los sueños con voz de niña juegan al ‘escondite inglés’, sin mover las manos ni los pies.

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MIND THE GAP

‘Mind the Gap, please’, ‘Cuidado con el hueco, por favor’, es una frase que se repite por los altavoces de las estaciones de Metro de Londres. Originalmente, la voz que se oía era la del actor Laurence Oswald, quien en 1960 advertía a los usuarios del metro de que tuvieran cuidado de no meter alguno de los pies en el hueco que separa el vagón del andén. Pero el tiempo, el progreso y la inserción de sistemas informáticos acabaron por silenciar la voz de Oswald. En la estación de Embankment, en la línea Northern Line, fue en el último lugar en el que se escuchó el eco de su advertencia sobre el hueco. Sin embargo, el Metro de Londres ha accedido a ‘resucitar’ a Oswald después de conocer la conmovedora historia de su viuda. A primera hora de la mañana y luego a la hora del té, y como no podía ser de otro modo, con una exquisita puntualidad británica, la Sra. Oswald solía acercarse a la estación de Metro de Embankment únicamente para escuchar la voz de su marido después de que éste falleciera. Lo que para el resto de los usuarios del Transporte Público Londinense no dejaba de ser una simple advertencia por megafonía, para ella, sentada en un banco bajo uno de los altavoces de la estación, suponía una caricia auditiva. La viuda de Oswald se puso en contacto con la empresa de Transporte Público Londinense para ver si podía obtener una copia del icónico ‘Mind the gap’ que su marido había grabado hace más de 50 años. El personal del Metro de Londres, conmovido por la historia, localizó el audio y no sólo hicieron una copia en un CD para que ella pudiera tenerlo, sino que están trabajando para poder recuperarlo en la estación de Embankment. La voz de Lawrence Oswald, definitivamente, se ha impuesto al tiempo, al progreso y a los sistemas informáticos. Y la Sra. Oswald, cada noche, se duerme con una caricia de su marido grabada en mp3, una caricia que suena a lo largo y ancho del hueco que Laurence Oswald dejó en su corazón.

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HABLANDO EN SILENCIO

Se nos ha ido de las manos. Lo queramos reconocer o no, lo cierto es que toda esta historia de las Redes Sociales se nos ha desbocado. Porque cuando la utilidad empieza a rascar el ocio y los tiempos muertos, cuando la curiosidad se convierte en movimiento reflejo sin memoria, volvemos a caer en el exceso, y el exceso, de nuevo, nos encierra en el interior de un reloj oxidado y silencioso. Es curioso cómo el propio teléfono móvil, ideado en un principio para hablar, para comunicarnos de viva voz, está creando entre los más jóvenes una nueva Generación del Silencio. Empieza a ser habitual ver a chavales sentados en el banco de un parque, los unos frente a los otros, en silencio, con las cabezas gachas, enfrascados con sus veloces pulgares de las manos en escribir mensajes en las pantallas de sus smartphones. Y lo más curioso es que los mensajes ¡se los escriben entre ellos! Pueden tirarse más de una hora sin dirigirse la palabra, sin mirarse, pero se mantienen conectados a través de las pantallas de sus teléfonos hablando en silencio. Hipotecan el lenguaje corporal por un puñado de emoticonos; sustituyen las ricas inflexiones y los sutiles tonos de voz por cuatro garabatos tecleados con una escritura predictiva y tamizados por un corrector ortográfico que viste a las erratas con una ‘h’ al principio. De seguir las cosas así, en un futuro no muy lejano, para que un bebé deje de llorar, en vez de un chupete le daremos un smartphone. Y el niño seguirá llorando pero por WhatsApp. Tuiteamos, chateamos y wasapeamos, pero cada vez hablamos menos. Muchos creen que son ellos los que tienen un teléfono, pero se equivocan, son los teléfonos los que los tienen a ellos. Pequeños ‘Hal 9000’, que acaban por controlar lo que nos gusta y lo que compartimos; que hacen público nuestro estado de ánimo; que jubilaron sin piedad a nuestra cámara de fotos; y que te convierten a un amigo en follower y viceversa. Las Redes ‘Antisociales’ nos mantienen en contacto, pero si un día nos cruzamos en la calle con un conocido no sabremos qué decirle. Pero eso sí, a la vuelta de la esquina y con un hábil movimiento de pistolero a sueldo, desenfundaremos nuestro teléfono y lo añadiremos a la lista de nuestros amigos. Mudos, pero, en definitiva, amigos.

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CUCURUCHOS DE CUCARACHAS

Jamás pienso hincarle el diente a una cucaracha, sí, una de esas negras rastreras que todos hemos pisoteado en alguna ocasión, y el que esté libre de pecado, que tire el primer bote de Raid. De un tiempo a esta parte vengo observando en varios programas de reportajes viajeros, que la diversidad gastronómica de nuestros sorprendentes hemisferios va más allá de los tiempos de cocción y el exagerado uso de diversos condimentos que sólo acaban siendo paliados con un tubo de Hemoal. No sé la impresión que se llevarán (o que ya se habrán llevado) los primeros extraterrestres que accedan a los gustos culinarios de los terrícolas, pero apuesto a que se echarán las manos a las antenas cuando comprueben que por estos lares nos pasamos por el tragapan a todo bicho viviente, confirmando el viejo dicho de que ‘si corre, nada o vuela, acaba en la cazuela’. Gusanos rebozados, arañas churruscadas, escarabajos salteados, brocheta de chinches y cucarachas doradas, hormigas fritas, chapulines tostados, grillos requemados y babosas asadas, son los entrantes de una amplia carta que, incluye una generosa oferta destinada a los paladares más exquisitos y exigentes, entre la que podemos destacar el sorbete de ojo de ballena con crujiente de pupila caramelizada, la ensalada de encías de canguro aliñada con vinagreta de semen macerado de hipopótamo, o el plato estrella de la casa, el risotto de tímpano de castor rociado de espuma de pústulas de mandril. Y para rubricar el festín, nos deleitaremos con una intensa tacita de café, y por supuesto, ya se estarán imaginando que no estamos hablando de un café cualquiera, no, estamos hablando de un Kopi Luwak, un café producido en Indonesia y que se caracteriza por ser el más caro del mundo. En lengua indonesia, ‘kopi’ es como llaman los lugareños al café, y ‘luwak’ quiere decir civeta, un bicho que está entre la comadreja y el mapache y que es el verdadero protagonista en la elaboración de tan preciado café. Los campesinos recogen y seleccionan los mejores granos rojos de sus cafetales y se los sirven en bandeja a las civetas para que se los zampen, los digieran y los devuelvan con el primer apretón. Una vez finalizado el proceso, se recogen las heces de la civeta cafetera y se limpian para recuperar de ellas los granos ya digeridos pero todavía enteros. Los jugos gástricos de la civeta anulan las proteínas que le proporcionan al grano su tradicional y peculiar amargor, y lo vuelven más dulzón. Es habitual escuchar entre el selecto grupo de consumidores de Kopi Luwak, comentarios del tipo ‘¡Mmmm, qué cagada de café!’, y entornando los ojos mientras apuran el último sorbo de la humeante taza, se dejan llevar por los efluvios de una civeta descompuesta. Cuando la tradición gastronómica de una cultura se recicla en creatividad culinaria de laboratorio, el cucurucho de cucarachas de un mercadillo de Tai Pei llega a un plato de un restaurante en forma de ‘fumé de cucaracha ibérica liofilizada’ y cuando te traen la cuenta se te queda un rictus permanente de estar sorbiendo una invisible cabeza de cigala. Ya se puede poner de moda todo lo que quieras; ya me pueden contar maravillas sobre la excelencia del ‘crunch-crunch’ de la sensación de masticar un puñado de hormigas flambeadas; ya me lo pueden vender como una curiosidad exquisita de los fogones callejeros; ya puede convertirse en la revolución de la cocina fusión; pero llevarme a la boca una cucaracha y mascar su crujiente y aceitoso abdomen, es algo que no creo que vaya a poder plantearme jamás.

Kopi-Luwak

DETALLES

Mel Brooks es de esos tipos que no se andan con medias tintas, y lo mismo ocurre con su obra, o bien te rindes ante su genialidad, o, por el contrario, te parece un comicucho de tres al cuarto. Yo he tardado en apreciar la obra de Brooks en todo su esplendor, con sus luces y sus sombras; con sus experimentos sin gaseosa y sus certeros gags. Cuando vi el homenaje que en 2009 le rindió el Kennedy Center empecé a entender a Mel Brooks de otra manera. En el documental ‘Making a noise’, Brooks habla (como siempre) sin tapujos sobre las vicisitudes del oficio de guionista; el riesgo que supone dedicarse a la comedia; y la vital importancia de mantenerse fiel a uno mismo y a sus ideas, por encima de las críticas gratuitas de turno y las respetables dudas del entorno cuando quieres cruzar la línea de lo políticamente correcto. Puede que ‘Máxima Ansiedad’, una película de 1977 en la que Brooks parodia el cine de Hitchcock, no fuese de las más taquilleras, pero es destacable la anécdota que suscitó con el director de ‘Psicosis’. Mel Brooks se reunió con Alfred Hitchcok antes de empezar a rodar y le mostró el guión preliminar de ‘Máxima Ansiedad’, para conocer su opinión sobre aquel batiburrillo de gags homenajeando en clave de humor la obra del maestro del cine de suspense. Mientras lo repasaba, Hitchcock iba soltando una especie de extraños bufidos similares a los de un bulldog en celo, bufidos que al principio le hicieron temer a Mel Brooks que fuesen el preludio de un infarto, ante lo cual se vería en la comprometida situación de tener que practicarle la respiración ‘boca a boca’ al voluminoso director británico, pero pronto dedujo que aquellos bufidos respondían a la curiosa manera que tenía Hitchcock de reírse. Mel Brooks rodó la película, y, una vez estuvo montada, invitó a Hitchcock a una proyección privada. Cuando llegó la escena del travelling se oyó un estruendo como si hubiera caído desde el techo un saco de boniatos, era Hitchcock, se estaba riendo tanto que él y su sillón habían ido a parar al suelo. Mel Brooks le habló sobre el rodaje de la famosa escena de la ducha (Psicosis), haciéndole ver que había copiado exactamente todos los planos de la versión original. Hitchcock entornó los ojos, sonrió y le dijo: ‘No, mi querido amigo, no es exactamente igual. La cortina de la ducha de mi película tenía diez ganchos, y la suya tiene trece’. A Hitchcock, evidentemente, no se le escapaba una. Al día siguiente, le envío a Brooks una botella de su bodega: un Chateneuf du Pape de 400 dólares. Todo un detalle, más teniendo en cuenta que venía de parte del Maestro del ‘detalle’.

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GAME OVER

La línea cronológica que engarza el progreso del juego como tal en mi memoria se remonta a un salón de billares de Sarriá, en Barcelona, que solía frecuentar con los compañeros cuando salíamos del colegio, aunque no todas las veces que salíamos del colegio habíamos escuchado el timbre que anunciaba el fin de la última clase. Futbolines con jugadores de hierro y dos piernas; mesas de ping-pong; máquinas de pinball; y una extraño aparato en el que echabas una peseta y tenías que ir conduciéndola mientras girabas un volante, eran todas las referencias en máquinas de ocio que teníamos y que nos dejaron grabados en el rincón dedicado a la infancia, momentos inolvidables en los que realmente ganar o perder nunca resultó ser lo más importante. Más tarde, vía Andorra, llegaron unos artilugios con unos mandos que se conectaban a la televisión y aparecían dos barras y un cuadradito, el primer juego electrónico que fue bautizado precisamente con el rimbombante nombre de ‘tenis electrónico’. La primera partida era emocionante; la segunda, una revancha; y la tercera, directamente resultaba soporífera. Y un día, de repente, llegaron las máquinas de ‘matar marcianitos’, la de ‘Space Invaders’ y la de ‘Asteroids’. Cuatro zumbidos y un par de explosiones componían la banda sonora de esas nuevas aventuras que la técnica ofrecía por dos duros la partida o cinco duros las tres partidas. Y llegaron las ‘Comecocos’, las de los ‘Juegos Olímpicos’, con las que te dejabas los dedos para hacer que tu campeón corriese o nadase más rápido que sus contrincantes. Y, de nuevo, otra inesperada vuelta de tuerca del progreso, nos trajo los ‘Amstrad’ y los ‘Spectrum’, unos bocetos de ordenadores con jueguecillos básicos y laberínticos, que precisaban de una gran dosis de habilidad y muchísima imaginación en lo que al desarrollo gráfico se refería. Y, sin previo aviso, los ordenadores plagaron el planeta, con sus tarjetas gráficas y de sonido, y los juegos cobraron vida, tanta, que necesitaron un soporte especifico para utilizar toda la memoria, y, entonces, cayeron del cielo las consolas de videojuegos. Cientos de mundos por explorar; miles de músicas y efectos por escuchar; millones de posibilidades de entrelazar nuestro tiempo con el de fascinantes realidades virtuales. Y de ahí, a las pantallas de los teléfonos. Quién habría pensado hace sólo unos pocos años que se podría jugar al golf, desembarcar en Normandía, enfrentarse a temibles dragones, correr en un fórmula 1, jugar una final de Roland Garros, o desafiar al mismísimo Darth Vader ¡desde la pantalla de nuestro teléfono! Pero lo cierto, es que cuando el progreso parece tocar techo, vuelves hacía atrás, y buscas el equilibrio entre las partidas ganadas y el tiempo perdido. Y te das cuenta de que el mejor de los juegos, el más real y sorprendente, el más sorpresivo, el que tiene la más alta de las definiciones, infinitos colores y un billón de sonidos aun por inventar, es simplemente la vida, el juego más espeluznante que a todos nos ha tocado jugar, y que algunas veces, sin tener en cuenta la puntuación conseguida, pero con un poco de suerte, nos da una partida extra. Y esa, siempre merece la pena volver a jugarla.

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UMAMI: EL 5º SABOR

Tradicionalmente, el paladar humano se había habituado a cuatro sabores: dulce, salado, amargo y ácido. Con esos cuatro sabores, y combinándolos apropiadamente, hemos descubierto sensaciones gastronómicas, que a su vez hemos comparado con otro tipo de sentimientos. Así las cosas, todos hemos vivido situaciones amargas; hemos disfrutado de momentos dulces; le hemos echado sal a la vida; o hemos sido pasto de un comentario ácido. Hemos entrenado a nuestro cerebro para que reconozca y clasifique las señales que le enviamos a partir de nuestro paladar, o a partir de nuestro entendimiento. Todo lo que sabe, también es. Pero en 1908, Kikunae Ikeda, un científico japonés, se percató de que el glutamato monosódico, un aminoácido presente en las proteínas, producía una sensación gustativa diferente. No era ni dulce, ni amargo, ni salado, ni ácido, simplemente era distinto, un sabor desconocido pero que al honorable Sr. Ikeda le pareció sabroso, y ni corto ni perezoso, así lo bautizó: umami, que quiere decir ‘sabroso’ en japonés. Expertos en la materia gustativa, apuntan al jamón ibérico, al tomate, al queso parmesano, al tomate, a la salsa de soja, o a las anchoas, como productos que recrean en el paladar un cierto regusto a umami. Poco se imaginaba el inquieto Kikunae, el cacao que nos estaba preparando con su descubrimiento, porque, o mucho me equivoco, o se nos avecina una nueva era, La Era Umami. La Universidad de California ya se ha preocupado de demostrar que en la lengua humana hay receptores específicos que permiten reconocer lo umami, de igual manera que también los hay para reconocer lo dulce o los otros tres sabores hasta el momento conocidos. Es decir, el sabor, además de una sensación, es una señal de advertencia que adelanta al cerebro información privilegiada sobre lo que nos estamos metiendo entre pecho y espalda. Aquí el problema va a venir cuando algún cocinillas con media estrella Michelin, le eche un chorretón de salsa de soja a unas migas manchegas, con la sospechosa intención de pegarnos la clavada en la cuenta, a cuenta, precisamente, de unas nuevas ‘migas umami’, unas migas como las de toda la vida, pero con sabor a restaurante chino. Y no sólo la comida, las cosas, las situaciones, también van a ser aderezadas con este nuevo sabor. Todo lo que antes carecía de explicación, ahora va a pasar a ser algo umami. Nos daremos un atracón de umami, nos va a salir lo umami por las orejas. Viviremos momentos y situaciones umami; asistiremos al nacimiento de la literatura umami; el ‘gore- umami’ se convertirá en un nuevo género cinematográfico; y las declaraciones de los políticos también se reconvertirán en una novedosa retórica umami. Porque a veces la vida se parece mucho al umami: no deja de ser algo que no entiendes, pero que existe.

Kikunae Umami