RECHIFLADO EN MI TRISTEZA

Lo lógico, lo natural, lo que se supone que está establecido por ley de vida, es ir perdiendo amigos cuando ya eres mayor, muy mayor, pongamos que a partir de los ochenta, pero cuando llevas una vida perdiendo a seres queridos, a gente que ha recorrido contigo intensos tramos de carretera, visitas la barra del bar de la tristeza y te bebes hasta la última lágrima. La borrachera de lágrimas no tiene resaca, amaneces, suspiras y echas a caminar. Es una borrachera exenta de arrepentimientos, una cogorza de pensamientos y dudas, de respuestas sin preguntas. Repasas creencias; rebuscas en amables religiones huérfanas de fuegos eternos; revives en el callejón de los recuerdos las sensaciones y los momentos que cuidadosamente separamos de las cenizas. En ese callejón no es de día ni de noche; no hace frío ni calor; no hay paisajes definidos y la lluvia no cala; es un callejón sin entrada que sólo tiene salida. Un lugar en el que refugiarte, sentado en la portada de un viejo disco de Cat Stevens, dibujando con el dedo estrellas imperfectas. Y tomas cierta distancia con la realidad porque es la única manera de intentar entender la granizada de escalofríos que te está cayendo encima. ¿Tiene que ver con la suerte? ¿Con la injusticia? ¿Con un destino escrito con un lápiz roto? ¿Con designios inciertos de un extraño universo? O, acaso, en definitiva, nada tiene que ver con nada, y simplemente ocurre porque así es la vida. Vuelvo a pasear por ese callejón y entro de nuevo en el bar de la tristeza, un garito levantado sobre cimientos de pena, y me siento en la barra; de un vistazo suena un bandoneón en la máquina de discos, y me parece que fue ayer cuando a mi querido Flaco Porcelli y a su mujer, Norma, el tiempo les embargó el alma. Cuando pienso en ellos tengo la extraña certeza de que habrán llegado al lugar que los dos soñaron, lejos de la disonancia de la mala suerte, y muy cerca de la armonía de un ansiado acorde imposible. Me pido un doble de lágrimas con hielo y me lo bebo de un trago. Esperaba un milagro. Y confío en que se haya producido allá arriba, en el Cafetín Musiquero, entre la calle Santaló y el garabato de una nube sonriente. Puede que sea verdad eso de que ‘vivir es llegar y morir es volver’.

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ON/OFF

En 1979 se estrenó ‘Being There’, una película dirigida por Hal Ashby con guión firmado por Jerzy Kosinski, autor también de la novela en la que se basó la película que aquí, con la extraña, misteriosa e inquietante manía de algunos badulaques en cambiar los títulos originales, se tituló como ‘Bienvenido, Mr. Chance’. El poker de interpretaciones magistrales a cargo de Peter Sellers, Shirley MacLaine, Melvyn Douglas y Jack Warden elevan la película a categoría de imprescindible. Peter Sellers interpreta a Chance, un tipo inocente y de mente limitada que ha pasado toda su vida dedicado al cuidado del jardín de una mansión y que únicamente se ha asomado al mundo exterior a través de las televisiones que están instaladas en la casa. Cuando el dueño de la casa fallece, Chance debe abandonar la casa y su jardín y enfrentarse a la vida real. Uno de sus primeros encontronazos con la realidad lo tiene con unos jóvenes rufianes que pretenden atracarle. Chance reacciona ingenuamente con un acto reflejo: saca de un bolsillo el mando a distancia de la televisión, y apuntando a sus atracadores, pulsa repetidamente el botón ‘off’ para desconectar la incomoda situación. Una reacción natural y comprensible en un tipo que está acostumbrado a cambiar las imágenes que le resultan desagradables a golpe de botón de control remoto. Lo que en su día me pareció un ingenioso gag, hoy lo vivo como una metáfora de supervivencia, una opción que me permite escoger libremente entre mi personal percepción de lo bueno y lo malo; de lo justo y lo injusto; de la luz y la oscuridad. Llega un momento en la vida en el que pierdes el temor a no ser políticamente correcto y pulsas virtualmente el botón de ‘off’ y el de ‘on’ dependiendo de la situación y las personas. ‘On’, me gusta; ‘Off’, no me gusta. Así de simple. No buscas la aprobación de nadie. Te dejas llevar por la intuición, por la experiencia de los años, y, ¡abracadabra!, actúas en consecuencia. Enciendes lo amable, lo agradable, lo divertido; y apagas la grosería, lo desagradable y lo aburrido. No tiene una efectividad absoluta, pero me conformo con la intención. Te mantienes conectado o te desconectas. Al igual que Chance, eliges lo que quieres ver o no. No tienes porqué tragarte un programa que no te interesa y que no te aporta nada más allá del aburrimiento y un cabreo interior in crescendo. No se trata simplemente de darle la espalda a todo aquello que nos incomoda, no, la elección no siempre está en nuestras manos, se trata de intentar no perder el tiempo, de dedicar el tiempo a aquellas cosas, personas y situaciones que reconfortan nuestra vida. Como dice el personaje que interpreta Jack Warden en la película: ‘La vida es solo un estado de la mente’. Y la mente, para Chance, era su jardín. Un espacio que precisa de tu atención y cuidados, podando las hojas secas, sembrando a la espera de nuevos brotes, y limpiando las malas hierbas. Regar o arrancar. On/Off.

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El DESVÁN DE LOS SONIDOS PERDIDOS

Silencio y polvo son dos de las características comunes que se encuentran en todos los desvanes del mundo. Lo mismo en Oriente que en Occidente, lo mismo en los cuatro puntos cardinales, el tiempo que en su momento fue moderno, se torna antiguo y se recoge silencioso en los desvanes particulares de todas y cada una de las pequeñas grandes historias que han sido soñadas, vividas y, un día, recordadas. Guardamos y almacenamos cosas, posiblemente siempre demasiadas, que de un modo u otro vinculamos a la memoria del recuerdo de algo que en su día fue y hoy sólo es agua pasada. Es conveniente, de vez en cuando, armarse de valor y paciencia y visitar ese desván, desván que puede ser un cuarto trastero o un simple cajón, el lugar, en definitiva, donde apilamos nuestro particular boceto de almoneda, y hacer una selección de lo que realmente tiene sentido seguir guardando o no. Fotos, papeles, notas, pasaportes caducados, llaveros y un sinfín de objetos reciclables envueltos en un papel invisible de nostalgia volverán a pasar por nuestras manos, los tocaremos, los leeremos y decidiremos si vale o no la pena continuar manteniendo a buen recaudo algo de lo que ni siquiera nos acordábamos. Y en una de esas operaciones de reciclaje de objetos del pasado, un día vas y te reencuentras con las polvorientas cintas de cassette y recuerdas que uno de tus equipos de música aún tiene la doble pletina. Al principio da así como pereza, rebobinar, poner el modo ‘reverse’, pulsar o no la tecla de ‘noise reduction’, en fin, todo un protocolo comparado con el acceso a un cd o a un formato de mp3. Pero te sientas tranquilamente y empiezas a repasar las cintas y compruebas las que tienes actualizadas en cd y las que se quedaron para siempre en el silencio del paso del tiempo y del progreso. Y te empieza a picar la curiosidad; y miras de reojo la doble pletina que no has usado en los últimos años; y pulsas la tecla de ‘eject’ y suena un ruido característico, personal e intransferible, un ‘clack’ especial que te transporta a otra época, con toda seguridad, la que coincide con la cinta de cassette que vayas a escuchar. Y redescubres canciones que habían sido abducidas por el olvido, y la música vuelve a sonar con los sonidos de antes. Escuchas la armónica de Springsteen arrancando los primeros compases de ‘The River’ y vuelves a sentir que el tiempo es relativo. Haga usted la prueba, entre en su desván, póngale pilas al walkman, busque algunas cintas de cassette abandonadas, conecte los auriculares, sonría y disfrute. Acaba de quitarle el polvo al silencio.

theriver

EPITAFACEBOOK

El asunto de la muerte en relación con las redes sociales parece habérseles pasado por alto a los sesudos programadores informáticos. No creo ser el único que se ha llevado ya un par de sobresaltos al recibir algo así como un ‘me gusta’ del más allá. Todo empieza cuando un día te comunican que un ser querido, un amigo, un conocido de tu lista de facebook ha pasado a mejor vida. Me llama mucho la atención el hecho de que algunos, en vez de dejar un mensaje de condolencia, se limiten a darle al ‘me gusta’. ¿Por qué? No lo entiendo. ¿Qué es lo que les gusta? ¿Que les comuniquen que a alguien de su lista le han enviado una caja de malvas y las está criando? ¿O realmente lo que quieren indicar es que les gusta que se lo hayan comunicado y que lo sienten en el alma porque les ‘gustaba’ esa persona que ya no va a dejar mensajes ni a colgar videos o canciones? Un lío. Por eso lo más práctico es dejar un escueto mensaje lamentando la pérdida y dejarnos de tonterías de darle al icono del puñito con el pulgar hacia arriba, como si consiguiendo un millón de ‘likes’ el finado fuese a resucitar. Pero lo curioso viene después de la necrológica, cuando días, semanas o meses más tarde, de repente te aparece un mensaje del fallecido en cuestión, un mensaje que quedó perdido en alguna conversación perdida de alguna noche perdida, o te aparece en la columna de ‘personas que quizá conozcas’. Y en ese momento, tras superar un escalofrío que te recorre el cuerpo desde el talón de Aquiles hasta la trompa de Eustaquio, se te va el dedo al botón derecho del ratón y vuelves a entrar en su página. Por un instante tienes una sensación mezcla de ouija multimedia, de Ghost y de Frequency al mismo tiempo. Los mensajes, gustos y preferencias del pasado vuelven a hacerse presentes, recordándote que, en definitiva, tú también te encuentras en esa lista y que es cuestión de tiempo que tu página pase al mismo curioso estado que la que estás viendo. Una página que nadie se ha preocupado de borrar; una página que permanece más allá de su dueño; una página que deja en tus manos la decisión de ‘dejar de ser amigo’ o no; una página que es un epitafio anticipado; una página que te recuerda que en tu lista de facebook tienes amigos muertos que continúan más vivos que nunca, y amigos vivos que, sin saberlo ellos, llevan ya mucho tiempo muertos. Mmm…, ¿qué hago, le doy o no le doy?

Venga, le doy. Es año nuevo. Nuevos propósitos. Me gusta.

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