RECHIFLADO EN MI TRISTEZA

Lo lógico, lo natural, lo que se supone que está establecido por ley de vida, es ir perdiendo amigos cuando ya eres mayor, muy mayor, pongamos que a partir de los ochenta, pero cuando llevas una vida perdiendo a seres queridos, a gente que ha recorrido contigo intensos tramos de carretera, visitas la barra del bar de la tristeza y te bebes hasta la última lágrima. La borrachera de lágrimas no tiene resaca, amaneces, suspiras y echas a caminar. Es una borrachera exenta de arrepentimientos, una cogorza de pensamientos y dudas, de respuestas sin preguntas. Repasas creencias; rebuscas en amables religiones huérfanas de fuegos eternos; revives en el callejón de los recuerdos las sensaciones y los momentos que cuidadosamente separamos de las cenizas. En ese callejón no es de día ni de noche; no hace frío ni calor; no hay paisajes definidos y la lluvia no cala; es un callejón sin entrada que sólo tiene salida. Un lugar en el que refugiarte, sentado en la portada de un viejo disco de Cat Stevens, dibujando con el dedo estrellas imperfectas. Y tomas cierta distancia con la realidad porque es la única manera de intentar entender la granizada de escalofríos que te está cayendo encima. ¿Tiene que ver con la suerte? ¿Con la injusticia? ¿Con un destino escrito con un lápiz roto? ¿Con designios inciertos de un extraño universo? O, acaso, en definitiva, nada tiene que ver con nada, y simplemente ocurre porque así es la vida. Vuelvo a pasear por ese callejón y entro de nuevo en el bar de la tristeza, un garito levantado sobre cimientos de pena, y me siento en la barra; de un vistazo suena un bandoneón en la máquina de discos, y me parece que fue ayer cuando a mi querido Flaco Porcelli y a su mujer, Norma, el tiempo les embargó el alma. Cuando pienso en ellos tengo la extraña certeza de que habrán llegado al lugar que los dos soñaron, lejos de la disonancia de la mala suerte, y muy cerca de la armonía de un ansiado acorde imposible. Me pido un doble de lágrimas con hielo y me lo bebo de un trago. Esperaba un milagro. Y confío en que se haya producido allá arriba, en el Cafetín Musiquero, entre la calle Santaló y el garabato de una nube sonriente. Puede que sea verdad eso de que ‘vivir es llegar y morir es volver’.

nubesonriente

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Un comentario en “RECHIFLADO EN MI TRISTEZA

  1. Querido Salvador Aldeguer:
    Te leo sentada en esa misma barra. También se fue una de esas mujeres hermosas y llenas de bondad, y ni siquiera pude despedirme.
    Gracias, tus letras me han quitado las ganas de aguantar un tirón inútil. Habiendo bares de callejón, lo prudente es entrar y no salir hasta que el corazón vea doble.
    Te invito a la penúltima, hoy no pienso parar hasta el coma melancólico.

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