ARRIBA Y ABAJO

Recuperar el tiempo perdido es una estimulante actividad para pasar el tiempo. En 1971 se estrenó ‘Arriba y Abajo’ (Upstairs & Downstairs), una de las series televisivas más reconocidas de las interesantes e impecables producciones británicas. En su momento, reconozco que no me llamó nada la atención engancharme a las peripecias y vivencias de una acaudalada familia y sus sirvientes desde principios del siglo XX hasta la Gran Depresión del 29, pero los giros en mi vida me siguen sorprendiendo y ahora, cuarenta años después de que sonasen por primera vez las campanillas en el 165 de Eaton Place, acudo puntual a mi cita para tomar una humeante taza de té en el gabinete o para degustar visualmente el asado de cordero que prepara la Sra. Bridges. La casa está claramente diferenciada en dos zonas: la parte de arriba, en la que hacen su vida los señores, y la parte de abajo, en la que trabajan y viven los sirvientes. La acometida catódica consta de 68 episodios, unas 56’6 horas aproximadamente, pero que gracias a las ventajas del dvd, me las distribuyo a mi aire y sin cortes publicitarios. La producción duró cinco años, cinco años fundamentales en el mundo de la edición y postproducción audiovisual, porque el progreso en el tratamiento de la imagen y el abandono de los cambios de secuencia con un simple fotograma congelado es más que evidente. Aunque lo más fascinante, además del atrezzo y la dirección artística, es el guión, el sólido soporte de un texto ingenioso y perfectamente hilvanado que te sorprende, te sacude, te hace cómplice, y te vuelve a recordar que el secreto está en la salsa. En esta era de los efectos especiales, el 3D y el 4D, es bueno reconciliarse con la sencillez de los diálogos, las miradas, los silencios, y la sorprendente sonrisa que produce la irrepetible flema británica. No me digan que no les resulta interesante comprobar cómo la llegada de la electricidad supone para unos ‘un simple divertimento para un puñado de ricachones caprichosos’, y para otros ‘el inicio de un viaje para el ser humano, en el que la línea del horizonte aún está por dibujar’. Supongo que se estarán imaginando si son los de Arriba o son los de Abajo los que esgrimen uno u otro argumento, yo no se lo voy a desvelar, pero les aseguro que les sorprendería. La serie, en definitiva, es otra lección magistral sobre que ‘menos es más’, otra disquisición sobre que las virtudes y los defectos, las miserias y las riquezas, la rebeldía y el servilismo, y la dignidad y la indecencia, no son, en modo alguno, patrimonio ni de los de Arriba, y tampoco de los de Abajo. Algo que muchos parecen haber olvidado.

Upstairs_Downstairs

Anuncios

FREAK SHOW

Freak show (espectáculo de fenómenos) es un tipo de espectáculo de variedades que presenta rarezas biológicas. Un freak show se caracteriza por exponer en público a individuos con capacidades físicas inusuales, sorprendentes, inéditas o grotescas. Las primeras exhibiciones de estas variopintas rarezas humanas las encontramos en la Inglaterra del siglo XVII, presentándose en plazas públicas, incluyendo la exposición de personas con diferentes malformaciones. En la Era Victoriana, los freak shows se convirtieron en un componente fundamental de los espectáculos itinerantes como los carnavales y los circos. Fue muy popular el freak show que presentaba a Joseph Merrick “El Hombre Elefante”, una historia llevada a la pantalla por David Lynch, e interpretada por John Hurt en el papel del hombre tan deforme que debía ser expuesto en público con capucha, y por Sir Anthony Hopkins en el papel de Frederick Treves, el cirujano que lo descubre e intenta ayudarle. Los cinéfilos recordarán la cruel escena en la que el pobre Merrick se encuentra acorralado por una muchedumbre y se enfrenta a ellos gritándoles: ¡Yo no soy ningún monstruo, no soy un animal, soy un ser humano! Soy…¡un hombre! A partir del siglo XIX, los freak shows se convierten en un espectáculo complementario que formaba parte del vaudeville, sobresaliendo las populares exhibiciones ofrecidas por el empresario Phineas Taylor Barnum, quien, entre sus presentaciones mostraba personas con anormalidades genéticas. Y el público, ensimismado, acudía a ver semejante desfile del circo de los horrores, para regodearse en la desgracia ajena y estremecerse por la visión de lo que unos consideraban un castigo divino y, otros, en cambio, un inquietante misterio de la Naturaleza. Pues bien, hoy, la televisión vuelve a nutrirse de estos seres nacidos de los freak shows. Parias del espectáculo; cantantes analfabetos venidos a menos e incapaces de leer las líneas de un karaoke; tipos arruinados por la droga y dispuestos a someterse al más extravagante de los ridículos con tal de volver a arañar una cuota de popularidad perdida en el polvo del camino; princesas poligoneras dictando sentencias sobre todo aquello que pudo haber sido y no fue. Y la audiencia, ¡ah, la audiencia!, al igual que hizo en su día ante aquellos carromatos de la vergüenza, le ríe las gracias. Y todo, por un gramo de share. No me extrañaría que entre tanto freak, el día menos pensado asistamos a la presentación de un fenómeno rarísimo: un político con las ideas claras, gritando lo mismo que Joseph Merrick, y con el sentido común de posicionarse de verdad al lado del ciudadano. Y, sí, será un fenómeno extraño, pero ese día, más de uno se va a acojonar.

Freakshow

TV KILLED THE MOVIE STAR

Los que nacimos con la televisión en blanco y negro, recogimos el guante de la generación anterior que había nacido sin televisión y que había desarrollado una imaginación visual frente al simple aparato de radio. El cine era algo excepcional y las salas se dividían en cines de estreno, de un pase de una película, o cines de reestreno, en los que se proyectaban, N.O.D.O. por medio, un par de películas. Llegaron las series a la televisión, al único canal de televisión, y como no existía el video, es decir, la posibilidad de grabarlas, tenías que sincronizar tu reloj con la carta de ajuste y esperar ansioso a que la aventura que te había enganchado se desarrollase a golpe semanal. Llegó el color a la televisión, y el cine, con su TECHNICOLOR, dejó de tener la exclusividad del impacto cromático. Con el nacimiento del video y los videoclubes se produjo una extraña situación, en algunos videoclubes y de manera subrepticia se traficaba con cintas de video sin etiqueta que contenían grabaciones de estrenos de cine, unas grabaciones realizadas en las salas de cine y en las que no se veía un carajo, pero la posibilidad de ver ese estreno en tu casa, con tus palomitas y fumando, compensaba la nula calidad de la cinta. Conocí a dos hermanos a los que la policía les pilló una piscina repleta de cintas pirata y a punto de ser incineradas, porque entre la competencia de los diversos videoclubes empezó a funcionar el chivatazo como defensa ante la competencia desleal. El progresó tomó carrerilla y con la llegada de las privadas; los canales temáticos; las plataformas digitales; el dvd y los chinos; y el universo del megaupload.com, hemos llegado a la situación actual, en la que a pesar de los esfuerzos del 3D y el 4D, la televisión le está ganando el pulso a la gran pantalla, entre otras cosas, porque con un blue-ray y un pantallón de alta definición, puedes realmente tener en casa tu propio cine, y, posiblemente, mejor que muchas pequeñas salas de proyección que dejan mucho que desear en la relación calidad audiovisual-precio de la entrada. La calidad del producto se ha impuesto al formato de proyección y si por calidad estamos hablando de buenas historias, bien contadas, con excelentes bandas sonoras y relevantes y reveladoras actuaciones, estamos hablando de la televisión. Las buenas películas de cine ya son casos excepcionales, porque los efectos especiales se han impuesto a las buenas tramas, y las pseudoactuaciones digitales le han ganado la partida a una mirada interesante. En cambio, entre las muchas series de televisión, aunque también hay mucha bazofia, encontramos un buen numero de productos extremadamente bien cuidados, a saber, guiones muy trabajados, escenografías espectaculares, y actuaciones al borde de las añoradas emociones de las grandes superproducciones de los años 50. El cine entró en la televisión, y ahora, la televisión va a terminar entrando en las salas de cine. El circulo se cierra. El próximo paso, al ritmo que vamos, será la cuadratura del circulo que se ha cerrado: nuestras vidas traspasarán la pantalla, y las vidas de las pantallas se acomodarán en nuestras casas. La vida será una película y, esta vez sí, la película será nuestra vida.

¡Cinco y acción!

tve-carta-de-ajuste