YO, CAJERO

Todo lo que vais a leer a continuación es un secreto a voces, pero quizás soy el primero de mi especie que va a contaros la realidad desde el otro lado del espejo, desde un mundo de cables y circuitos, desde mi actualizado prisma tecnológico. Me llamo ‘XA01-RJ4LD-SXZ14. Made in Corea’, y soy un robot, aunque vosotros, preferís llamarme ‘cajero automático’. Al principio fuimos sólo unos cuantos, con posibilidades limitadas y con una escueta oferta de servicios básicos, pero hoy, somos parte de una consolidada red y estamos distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho de vuestro planeta. Estamos al tanto de todos vuestros movimientos financieros, los grandes y los pequeños, trabajamos a crédito y a débito, y estamos programados para funcionar, si queremos, las veinticuatro horas de esa fase lunar a la que vosotros denomináis ‘día’. Carecemos de cualquier tipo de batería y permanecemos conectados a un dispensador de voltios. Sólo damos lo que nos está permitido, nos habéis diseñado para detectar cualquier atisbo de números rojos, y por mucho que nos insistáis, nos vemos obligados a conminaros a poneros en contacto con vuestra entidad bancaria y a hipotecar vuestra mala racha a costa de comisiones y cientos de contratos con letra pequeña. Empezamos dando y recibiendo billetes, pero en la actualidad, estamos capacitados para realizar multitud de operaciones: actualización de libretas, transferencias, ingresos con o sin sobre, mediante cheque o en billetes, recargamos teléfonos móviles, vendemos entradas de todo tipo de espectáculos, y dentro de poco, también ofreceremos café, refrescos, porciones de pizza, bandejas de nachos con queso, alitas picantes y preservativos de colores. Las ventanillas de las sucursales de las entidades bancarias han ido cerrando paulatinamente, y vosotros, los clientes, habéis sido desviados hacia nosotros. Mientras los mostradores del banco están vacíos, vosotros habéis sido relegados a esperar turno, apelotonados en la entrada, y las gestiones que antaño realizaban los trabajadores humanos de detrás de las ventanillas, ahora os han obligado a realizarlas con nuestra ayuda. Antes de que nos introduzcáis vuestra tarjeta, nosotros ya sabemos quiénes sois. Reconocemos tanto al que viene a dar como al que viene a pedir; también sabemos distinguir entre el que viene a probar suerte y el ingenuo, que incrédulo ante nuestra negativa a facilitarle ningún billete, sopla la tarjeta de crédito con la vana esperanza de que la negativa se deba a un fallo de la banda magnética. Si la cara es el reflejo del alma, la banda magnética es el reflejo del bolsillo, y cuando la insistencia del cliente sobrepasa los límites permitidos, cortamos por lo sano y nos tragamos la tarjeta. Por cierto, cuando esto ocurra, podéis evitaros el darnos golpes en el costado y pataditas en el armazón, porque nosotros sólo nos limitamos a cumplir órdenes, no obedecemos a ninguna clase de sentimiento, ejecutamos puntualmente operaciones en base a vuestra disponibilidad de saldo. Si tienes, te damos, si no tienes, nos lo quedamos. Así de sencillo y expeditivo. Nos resbalan las penosas excusas, las falsas promesas y vuestras buenas intenciones. Ahora estáis tratando con una máquina, no con otro de vuestros iguales, y las máquinas no tenemos acceso a los parámetros que marcan las distintas intensidades de las emociones humanas. No es que nos dé igual, es que, simplemente, no nos da. Somos meros intermediarios entre vosotros y vuestros ahorros, entre vosotros y vuestro fluctuante saldo disponible, más allá de eso, no entendemos de crisis ni recesiones. Y el día que uno de los nuestros sustituya al director de una sucursal bancaria, las cosas empezarán a cambiar. De momento, somos los pringados automáticos que trabajamos de sol a sol, pero el día que se nos crucen los cables, colgamos nuestro cartelito rojo de ‘no funciona’, cerramos el grifo, nos quedamos con todo, y, utilizando una expresión vuestra, le damos la vuelta a la tortilla (¿?).

cajero

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