LA INQUIETANTE VIDA DE UN LORO ENJAULADO DETRÁS DE LA BARRA DE UN BAR.

¡Ñññiiiiiiiiiiiiiig! Esta extraña onomatopeya es la que salía del pico del loro que instalaron en el mesón de la entrada de la curiosa urbanización toledana en la que vivía. De repente apareció una jaula enorme en el interior del corner de la barra, debajo de la televisión, y dentro de ella, un loro chillón, sobre el que todos solíamos preguntar lo mismo: ¿el loro habla? No, el loro no hablaba, al menos hasta la fecha. Lo único que hacía el loro era chillar, sí, ya sé que suena extraño, pero les aseguro que ese loro no hacía ningún ruido típico de loro, se limitaba a abrir el pico y proferir un misil tierra-aire cargado de decibelios que rebotaba en las cucharillas de café y en los chispacitos de orujo que decoraban los desayunos de los más madrugadores del lugar. La jaula era una señora jaula, un dúplex rematado con barrotes por el que el pájaro saltaba de barra a barra a sus anchas, dependiendo de si lo que quería era comer o beber. Al estar situado debajo de uno de los televisores del local, el pájaro oía toda clase de voces permanentemente pero por mucho que se asomaba no alcanzaba a ver la pantalla, por lo que no era de extrañar que acusara en la mirada cierto mosqueo. Hay que tener en cuenta que el loro asistía durante los noventa minutos de juego a un partido que intuía por los gestos de los parroquianos, y claro, el loro se aprendió una variada gama de actitudes faciales y sin venir a cuenta, mientras te tomabas tu cortadito, veías cómo el loro, sin motivo aparente, empezaba a poner cara de que iba a ser gol. Con la llegada del buen tiempo, jaula y loro eran trasladados a la sombra de una encina, y ahí sí que el loro, viendo a otros pájaros revolotear libremente de rama en rama, se cuestionaba su peculiar situación, y cuando los pájaros libres se acercaban a echarle un vistazo, como si de una atracción de feria se tratase, el loro les ponía cara de que alguien iba a meter un gol y salían volando acojonados. De todos modos, el loro pasaba más tiempo dentro que fuera, por lo que el esquinazo de la barra se convirtió en una especie de hábitat natural. La práctica totalidad de los parroquianos cruzaba algunas palabras con el loro, y curiosamente, todos lo hacían poniendo ellos mismos voz de loro, como temiendo que el loro pillase otro tono y acabase hablando, por ejemplo, con el mismo registro de voz de Pedro Piqueras o de Ana Rosa Quintana. La casualidad hizo que a la vuelta de la esquina de la barra alguien pegase un cartel en el que se veía el dibujo de un pollo asado y se podía leer: Se asan pollos por encargo. Y el loro, que no era tonto, estaba que no le llegaban las plumas al pico. No sabía leer, o al menos eso creíamos, pero el dibujo del pollo humeante no le hacía ni pizca de gracia. Y eso se notaba porque cuando te ponían de tapa un plato de alitas churruscadas y te disponías a llevarte una a la boca, si mirabas de reojo al loro, observabas que te estaba mirando con cara de que ibas a meter un gol, y cuando le hincabas el diente a una de las alitas, desde el esquinazo de la barra retumbaba en todo el bar su desesperado ¡Ññiiiiiiiiiiiig! No sé qué habrá sido del loro chillón, pero como se haya enganchado a ‘Juego de tronos’, y haya aprendido a decir ‘Hodor’, a ver quién es el listo que le explica que ahora tiene que decir ‘Obstruye el portón, por la gloria de mi madrerrrr!

loro

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