olivetti STUDIO 45

La primera vez que estuvimos juntos fue hace cuarenta y tres años. En casa todos se habían ido a dormir y ella y yo nos quedamos en el salón. Puse música de fondo y me senté frente a ella. Antes de empezar me encendí un camel sin filtro y la observé detenidamente. Ella estaba radiante y dispuesta a recibir mis ideas, a plasmar en la realidad lo que ocurría por los callejones de mi imaginación. La toqué suavemente, acariciando sus teclas con la curiosidad y la incertidumbre que todos tenemos cuando nos disponemos a emprender un viaje sin ruta programada de antemano. Introduje el primer folio y al girar el carrete sus primeros sonidos me aceleraron el corazón. Cerré los ojos buscando en mi interior las imágenes que inauguraban la primera página y la inexplicable sensación de conectarte a otro mundo y a otras vidas. Al abrirlos empecé a intentar memorizar la localización de las letras y tanteando la intensidad del movimiento de mis dedos escribí la primera palabra. Y con esa primera palabra empezó nuestro idilio. Durante varios años pasamos muchas horas juntos; muchas noches en vela, viajando juntos por lugares reservados exclusivamente a la imaginación. Entre los huecos de sus teclas se acumulaba la energía calorifica de la pasión de escribir todo aquello que te lleva a otra cosa y que teje, entre letras, las tramas, consecuencias y detalles de unas vidas creadas desde una curiosa perspectiva como único téstigo. Al mudarme de ciudad otra máquina de escribir tomó su relevo, y después, con la llegada de los ordenadores, mi vieja y fiel amiga y compañera, descansó en un rincón, en silencio, reservando sus últimos alientos de tinta. Y, hoy, cuarenta y tres años después, de repente me vino a la mente, pregunté por ella y no dudé en salir a buscarla y rescatarla de un injusto olvido. Volvemos a estar juntos, la tengo a mi lado mientras escribo en el teclado del ordenador y eso es algo que me hace sentir bien. Empecé este viaje con ella, y ahora volvemos a encontrarnos para continuarlo juntos. Ella me dio los momentos que me han llevado a disfrutar de la escritura como una manera de vivir. Ahora me toca devolverle esos momentos volviendo a teclear sus letras en momentos especiales. Porque algunas amistades, como la nuestra, permanecen inquebrantables entre un folio en blanco y una cinta de tinta. El resto ya es historia. Y lo mejor que se puede hacer con una historia, precisamente, es escribirla.

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