DAILY MIX

Semanalmente paso entre la ida y la vuelta unas nueve horas en la carretera. Antes no me gustaba especialmente conducir de noche, pero ahora voy más feliz que un búho de paseo. No hay prácticamente tráfico, y mientras sorteo estrellas y le hago una finta a la luna, disfruto de unas horas en las que me reúno conmigo mismo y me organizo la vida mientras una gran parte del país está desconectada de la realidad dándose un garbeo por esos mundos oníricos. Llevo mi música, mis playlist del Spotify, y suelo escogerlas dependiendo del tipo de reunión unilateral que me vaya a plantear. Pero desde hace unos días, me ha aparecido una curiosa opción nueva: el Daily Mix. No sé cómo, pero de repente el programa ha empezado a crear unas playlist aleatorias en base a mis gustos musicales. Y me voy llevando sorpresas, la mayoría gratas, y otras, las menos, chocantes, pero estas últimas me las cepillo con un leve movimiento del controlador incorporado en el volante y no dejo que suene ni medio compás. Ya supongo que no hay nadie al otro lado del Spotify escogiéndome canciones, pero no deja de sorprenderme que un programa informático se codee con mis preferencias para componerme varios cócteles musicales que coinciden certeramente con los pensamientos de carretera que me voy planteando. El programa combina tanto artistas como bandas sonoras y yo no dejo de salir de mi asombro. Recojo en una curva a Norah Jones, entro en un túnel con una pieza de la banda sonora de Las normas de la casa de la sidra, y enfilo una recta con Bruce Springsteen de copiloto. Y así, una cosa me lleva a la otra, sin saber lo que me espera cada vez, pero adecuando mis pensamientos al ritmo que me propone un extraño e inquietante software musical. Tomo decisiones, analizo cuestiones pendientes, y trazo líneas argumentales mientras el coche engulle kilómetros. Pierdo la noción de la distancia y del tiempo, reunido conmigo, mis pensamientos y una nueva música que no tenía programada, pero que me lleva en volandas sobre el asfalto. No está mal, de vez en cuando, un par de veces a la semana, vivir de noche lo que vas a acabar soñando durante el día. Y así, la vida, al igual que mis Daily Mix, me sigue sorprendiendo. Y lo que no se me ocurre a mí, en un cambio de rasante se le ocurre a James Taylor, o en un puerto de montaña me da la idea JD Souther y me la corrobora Ruth Moody. Definitivamente, al igual que en el anuncio, me gusta conducir. Y si es de noche, mejor.

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CRISTALINAS

Entre el mar y la tierra, en terreno de arena, algas y rocas, las cristalinas asoman sus colores opacos salpicando de sorpresas la constante línea cromática de la costa. Son pequeños trozos de vidrio, cristales rotos que han sido abandonados a su suerte, viajando sin prisas y con pausas por la ruta de la erosión. Agua, sol, sal y arena convierten a estos añicos de cristal en curiosas y preciosas gemas marinas con sus bordes y contornos pulidos y redondeados. El tiempo, las vueltas y el capricho de las olas, moldean estos guijarros transparentes, otorgándoles a cada uno de ellos una personal e irrepetible forma geométrica. Los buscadores de cristales marinos tenemos en común el siguiente código de conducta: si encontramos un trozo de cristal que todavía tiene aristas, algunas afiladas, lo volvemos a dejar donde está para que el mar acabe su trabajo. Algo similar a lo que ocurre con los buenos pescadores cuando devuelven al mar los peces pequeños. Con los ciclos naturales lo más prudente y sensato es no interferir y dejar que el tiempo establezca el ritmo pertinente para que la vida fluya con cierto sentido común. Richard LaMotte, autor del libro Pure Sea Glass y poseedor de más de tres mil piezas de cristal marino, asegura que el mar tarda unos diez años en pulir y redondear las aristas de una cristalina, y entre veinte y treinta años en dejarla completamente lisa. Puede que esa sea una de las razones que más nos llama la atención a los que nos dedicamos a buscar esos preciados tesoros, la conversión de algo que fue destruido y que dando tumbos entre el viento, la arena y el mar busca una segunda oportunidad. Son, en definitiva, los pedazos rotos de una botella sin mensaje, cristales que han sobrevivido a la era del reciclaje para reciclarse ellos mismos con un soplo de aire, una pizca de sal, una caricia de arena y una lágrima de mar. Porque a veces el paso del tiempo requiere de otros ingredientes para marcar la diferencia entre algo que se rompió y algo que jamás volverá a romperse. Pequeñas decepciones del pasado que se convierten en pequeños deseos de colores aun por cumplirse. Y si para algunos es de locos recoger estos cristales del suelo, para otros sería una verdadera locura no hacerlo. Llámalo energía; llámalo entretenimiento, o bien, llámalo esperanza.

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RECICLAJES

Toda mudanza implica cambios, y los cambios conllevan seleccionar con esmero lo que te llevas en el viaje a tu nuevo destino. Y cuando tu nuevo destino vuelve a ser el Mediterráneo, la selección se produce casi de manera natural. En otras palabras, para embarcarse en una nueva singladura lo más práctico es soltar lastre, dejar atrás todo aquello que ocupa un espacio excesivo en la lista de recuerdos con la fecha de caducidad vencida. La prioridad de lo imprescindible, de lo que permanece arraigado a ti más allá de la simple posesión material, viene marcada por una indiscutible sensación de que, al margen de que las cosas son como son, también las cosas cambian. Aunque en algunos casos, reconozco que si bien las cosas no cambian, el que sí cambia es uno. Y estos cambios no son siempre del todo entendidos, pero lo bueno de esos cambios es, precisamente, que no van en absoluto ligados a ningún tipo de comprensión ajena. En definitiva, las cosas, como la vida, se reciclan. Reciclamos gente; reciclamos objetos; reciclamos recuerdos; reciclamos ideas, creencias y consejos. Reciclamos porque de ese reciclaje depende en gran medida la salud de la capa de ozono de nuestra existencia. Depositas los cristales rotos de las verdades y las mentiras en el contenedor verde; en el contenedor azul, los papeles que alguien que ya no eres escribió con tinta de sombra vagabunda, y las fotos descoloridas y desenfocadas de un tiempo que además de haber pasado parece no haber existido; en el contenedor amarillo todos los envases con mensajes de socorro que jamás fueron atendidos; y, por último, en el contenedor gris, todo el resto de residuos que no tienen un sistema específico de recogida selectiva, es decir: miedos, pesadillas y decisiones erróneas, baterías gastadas que ya no soportan ni siquiera una última carga; juguetes rotos que eligieron vivir de cara a la pared, y un puñado de sensaciones perdidas entre una ridícula esperanza y esa extraña canción de la cara B de un disco de vinilo aún por escuchar. Y así, con el pasado reciclado, con la carga aligerada de tener que continuar rindiendo pleitesía a todo aquello que ya dejó de ser, pones rumbo al futuro. Navegando a barlovento y respirando un aire renovado; bordeando la costa y observando acantilados desde los que nunca más caerás.

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