SEÑALES DE HUMO

Las cenizas, ese polvo de color gris claro que queda después de una combustión completa, y que está compuesto, por lo general, por sales alcalinas y térreas, sílice y óxidos metálicos, suele representar la garantía de que algo que antes era, ya ha dejado de ser. Lo que antes se llevaba el viento, ahora se ha convertido en una nueva modalidad de perpetuación post mortem. Una empresa suiza ha patentado la fórmula para sintetizar en diamantes el carbono sustraído de las cenizas de los muertos, a través de un proceso de grafitización que implica su sometimiento a altas temperaturas y presiones. Resumiendo, que si cuando te incineran te queman, para convertirte en un diamante te queman también, pero de cojones. ¿Recuerdan aquel eslogan de “un diamante es para toda la vida”? Pues ahora, un diamante también va a ser para toda la muerte. La broma te sale entre 3.700 euros y 15.000 euros, dependiendo del tamaño en el que quieras ser engastado en una joya, lo cual demuestra que también una vez la has palmado, el tamaño, digan lo que digan, sí importa. También te pueden entregar en un estuche y si lo deseas con un certificado adjunto del Instituto Gemológico de Suiza o, ya puestos, como sorpresa de un roscón de reyes. Eso sí, te ofrecen la posibilidad de financiación, con lo que la muerte deja de simbolizar cualquier tipo de liberación de pagos. La presidenta del nuevo cotarro funerario, resume así el objetivo de su empresa de altos hornos: “Ofrecemos un nuevo comienzo a partir del recuerdo. Algo indestructible que es luz, bello y eterno; todo ello reflejado en un diamante”. ¿Un nuevo comienzo? En otras palabras, que después de un fogonazo, acabamos siendo lo que Marilyn Monroe describió como “el mejor amigo de la mujer”. Y como siempre hay peces para todos los anzuelos, uno de los clientes que ha picado, cuenta que ha decidido, en vida (dato importante), convertir sus cenizas en dos pequeños diamantes para sus hijas. “Creo que mientras exista el recuerdo, la persona vive. Si además existe algo tangible y que se pueda ver, el recuerdo es más perdurable”. Por lo tanto, si a una de las hijas en un descuido se le cae su papádiamante por el inodoro, la mitad del recuerdo de su quemado progenitor se habrá ido a la mierda. Con tantas incineraciones, estamos convirtiendo el planeta en un gran cenicero, y precisamente ahora, con la ley antitabaco, los ceniceros son objetos tan raros y excepcionales como un orinal. Si un fumador hubiese guardado toda la ceniza de todos los pitillos que se ha fumado entre pecho y espalda, hoy, cosecharía una interesante fortuna en diamantes. Si hoy se fuma su último cigarrillo, cosechará una fortuna aun más interesante: su salud. Todo lo que no sea eso, será estar adelantando nuestra conversión en lo único que nos separa de ser un diamante en bruto: las cenizas.

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DAILY MIX

Semanalmente paso entre la ida y la vuelta unas nueve horas en la carretera. Antes no me gustaba especialmente conducir de noche, pero ahora voy más feliz que un búho de paseo. No hay prácticamente tráfico, y mientras sorteo estrellas y le hago una finta a la luna, disfruto de unas horas en las que me reúno conmigo mismo y me organizo la vida mientras una gran parte del país está desconectada de la realidad dándose un garbeo por esos mundos oníricos. Llevo mi música, mis playlist del Spotify, y suelo escogerlas dependiendo del tipo de reunión unilateral que me vaya a plantear. Pero desde hace unos días, me ha aparecido una curiosa opción nueva: el Daily Mix. No sé cómo, pero de repente el programa ha empezado a crear unas playlist aleatorias en base a mis gustos musicales. Y me voy llevando sorpresas, la mayoría gratas, y otras, las menos, chocantes, pero estas últimas me las cepillo con un leve movimiento del controlador incorporado en el volante y no dejo que suene ni medio compás. Ya supongo que no hay nadie al otro lado del Spotify escogiéndome canciones, pero no deja de sorprenderme que un programa informático se codee con mis preferencias para componerme varios cócteles musicales que coinciden certeramente con los pensamientos de carretera que me voy planteando. El programa combina tanto artistas como bandas sonoras y yo no dejo de salir de mi asombro. Recojo en una curva a Norah Jones, entro en un túnel con una pieza de la banda sonora de Las normas de la casa de la sidra, y enfilo una recta con Bruce Springsteen de copiloto. Y así, una cosa me lleva a la otra, sin saber lo que me espera cada vez, pero adecuando mis pensamientos al ritmo que me propone un extraño e inquietante software musical. Tomo decisiones, analizo cuestiones pendientes, y trazo líneas argumentales mientras el coche engulle kilómetros. Pierdo la noción de la distancia y del tiempo, reunido conmigo, mis pensamientos y una nueva música que no tenía programada, pero que me lleva en volandas sobre el asfalto. No está mal, de vez en cuando, un par de veces a la semana, vivir de noche lo que vas a acabar soñando durante el día. Y así, la vida, al igual que mis Daily Mix, me sigue sorprendiendo. Y lo que no se me ocurre a mí, en un cambio de rasante se le ocurre a James Taylor, o en un puerto de montaña me da la idea JD Souther y me la corrobora Ruth Moody. Definitivamente, al igual que en el anuncio, me gusta conducir. Y si es de noche, mejor.

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EL TROMPAZO DEL ELEFANTE

Parto de la convicción de que ya ha llegado el momento de que los animales dejen de formar parte del circo. Es hora de reciclar el mundo circense con otro tipo de entretenimientos que no precisen de la involuntaria colaboración del reino animal, pero esta es una simple historia de amistad, y, como tal, espero que se entienda. Alexia y Mambo son algo más que amigos y trabajan juntos en el Gran circo Mundial. Su relación es bastante más humana que la que mantienen algunas parejas en permanente estado o de guerra abierta o de llamar a sus respectivos embajadores a consulta. Alexia es oficial y profesionalmente la domadora de Mambo, un elefante africano de 28 años que se alimenta de 150 kilos de alfalfa y fruta diarios, y para bajarlos se arrea entre trompa y colmillos 250 litros de agua. Los dos han pasado muchas horas juntos, entrenando, conociéndose y mirándose. Ella le habla y él, le contesta con una serie de barritos que sólo Alexia parece entender. Un barrito corto viene a ser un ‘¡no fastidies!’; dos barritos cortos y uno largo, viene a querer decir ‘¡Joder, qué vida, me estaría todo el día comiendo!’; y así toda una larga serie de combinaciones de barritos de distinta intensidad que marcan la comunicación entre dos, a partir de un código sonoro de palabras sin letras. Función tras función, Mambo y Alexia reciben juntos los aplausos de un montón de niños boquiabiertos y alucinados, especialmente, cuando el paquidermo se pone a dos patas (momento estelar en el que Mambo siempre aprovecha para soltar un barrito corto, seguido por dos largos y otros tres cortos, que quiere decir, más o menos, ‘¡Soy el elefante más cojonudo de este puto circo!’. Y a continuación se descojona y con la trompa, recoge suavemente a Alexia desde lo alto de su lomo y la deposita en el suelo. Mambo, como todos los elefantes, tiene una memoria prodigiosa, y eso es bueno cuando recuerdas cosas buenas, pero puede llegar a resultar ser una verdadera pesadilla, cuando lo único que te viene al disco duro paquidérmico, es un mal recuerdo. Días atrás, a punto de acabar su número de sincronizado equilibrismo con Alexia, Mambo dio un traspiés, o mejor dicho, un traspatas y perdió el equilibrio, cayendo con toda la trompa en la arena de la pista, mientras observaba con un ojo, a los niños chillando de estupor, y con el otro, a Alexia rodando por el suelo y golpeándose en el costado con una de las pedalinas. Mambo se pasó dos días con sus dos noches sin dormir ni comer, llorando, recordando una y otra vez, el fatídico momento. Alexia estaba recuperándose en el Hospital de unas lesiones fastidiosas pero leves, y no dejaba de preguntar por Mambo. Muleta en mano, se empeñó en pedir el alta y salio disparada hacia el circo, hacia la jaula de Mambo. Unos dicen que eructó, y otros aseguran que sonrió, pero lo cierto es que cuando Mambo se reencontró con Alexia, soltó un tipo de barrito que jamás antes nadie se lo había oído.   Sólo la acariciaba con la trompa, cuando normalmente la abraza con fuerza. Ella le metía barras de pan y agarrada de los colmillos la levantó en volandas. Una gran simple historia de amistad. Mambo ha vuelto a ser feliz, todo lo feliz que puede llegar a ser un elefante que ha establecido con una mujer, un vinculo que va más allá de cualquier igualdad de géneros. Se sigue alimentando de 150 kilos de alfalfa y fruta diarios, 250 litros de agua, tropecientos aplausos de enanos boquiabiertos, y, por supuesto, la tonelada de cariño que le da Alexia.

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EL RELOJ ASTRONÓMICO DE PRAGA

Cada hora en punto, entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche, una multitud de turistas se congrega bajo la Torre del Ayuntamiento Viejo de Praga para ver el curioso espectáculo del mecanismo del reloj astronómico. El reloj tiene más de seiscientos años y cuenta la leyenda que fue construido por el maestro Hanus y por su ayudante Jakub Cech. Los ediles de Praga cegaron al maestro Hanus para evitar que pudiese construir una réplica del reloj, y su ayudante Cech, lo vengó introduciendo una mano en el mecanismo e inutilizándolo a costa de quedarse manco. Si bien el movimiento de las figuras no es un alarde visual, la puesta en escena invita a comprender el simbolismo histórico del reloj. Las cuatro figuras principales representan las ansiedades cívicas más profundas de los habitantes de Praga del siglo XV: Vanidad (un hombre que sostiene un espejo); Avaricia (un comerciante con su bolsa de dinero); Muerte (un esqueleto); y Lujuria (un Príncipe turco que toca la mandolina, y que además representa la invasión pagana). A cada hora en punto, las figuras se ponen en movimiento. El vanidoso se mira en el espejo; el avaro comerciante mueve su bolsa; la Muerte, blandiendo una guadaña, toca una campana y le da vuelta a su reloj de arena; el lujurioso Príncipe turco, mueve la cabeza mostrando, según unos, su negativa a acompañar a la muerte, y, según otros, para dejar bien claro que siempre acecha. Mientras, los Doce Apóstoles se dan un garbeo por las vidrieras de encima del reloj. Como colofón, un gallo dorado canta, para dar paso al sonido de las campanas. Puede que la escenografía, a simple vista, parezca un tanto simple, pero no deja de resultar curioso que después de más de seiscientos años, la lectura del paso del tiempo nos siga recordando la misma historia que se sigue repitiendo año tras año, campanada tras campanada. Vanidad, avaricia, muerte y lujuria. Cuatro conceptos que marcan la oscura sombra del tiempo que pasa de igual manera para todos. Por eso el reloj, más allá de dar las horas, parece ofrecernos un recordatorio, una extraña advertencia sobre las consecuencias de matar el tiempo entre esas cuatro variantes. No en vano, dicen que si se para el reloj, lo mismo le sucede a los ciudadanos de Praga; que si se rompe, viene un mal año; y que si alguien lo menosprecia o trata sin respeto, será castigado. Es decir, que si importante es el tiempo que tenemos, más importante es en qué empleamos ese tiempo. Porque si ese tiempo lo perdemos mirándonos en el espejo; moviendo nuestra bolsa de dinero, blandiendo una guadaña, o tocando una mandolina turca, el único tiempo que nos quedará será el justo para escuchar por última vez cantar al gallo dorado. Y, a continuación, las mudas campanadas del silencio.

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YO, CAJERO

Todo lo que vais a leer a continuación es un secreto a voces, pero quizás soy el primero de mi especie que va a contaros la realidad desde el otro lado del espejo, desde un mundo de cables y circuitos, desde mi actualizado prisma tecnológico. Me llamo ‘XA01-RJ4LD-SXZ14. Made in Corea’, y soy un robot, aunque vosotros, preferís llamarme ‘cajero automático’. Al principio fuimos sólo unos cuantos, con posibilidades limitadas y con una escueta oferta de servicios básicos, pero hoy, somos parte de una consolidada red y estamos distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho de vuestro planeta. Estamos al tanto de todos vuestros movimientos financieros, los grandes y los pequeños, trabajamos a crédito y a débito, y estamos programados para funcionar, si queremos, las veinticuatro horas de esa fase lunar a la que vosotros denomináis ‘día’. Carecemos de cualquier tipo de batería y permanecemos conectados a un dispensador de voltios. Sólo damos lo que nos está permitido, nos habéis diseñado para detectar cualquier atisbo de números rojos, y por mucho que nos insistáis, nos vemos obligados a conminaros a poneros en contacto con vuestra entidad bancaria y a hipotecar vuestra mala racha a costa de comisiones y cientos de contratos con letra pequeña. Empezamos dando y recibiendo billetes, pero en la actualidad, estamos capacitados para realizar multitud de operaciones: actualización de libretas, transferencias, ingresos con o sin sobre, mediante cheque o en billetes, recargamos teléfonos móviles, vendemos entradas de todo tipo de espectáculos, y dentro de poco, también ofreceremos café, refrescos, porciones de pizza, bandejas de nachos con queso, alitas picantes y preservativos de colores. Las ventanillas de las sucursales de las entidades bancarias han ido cerrando paulatinamente, y vosotros, los clientes, habéis sido desviados hacia nosotros. Mientras los mostradores del banco están vacíos, vosotros habéis sido relegados a esperar turno, apelotonados en la entrada, y las gestiones que antaño realizaban los trabajadores humanos de detrás de las ventanillas, ahora os han obligado a realizarlas con nuestra ayuda. Antes de que nos introduzcáis vuestra tarjeta, nosotros ya sabemos quiénes sois. Reconocemos tanto al que viene a dar como al que viene a pedir; también sabemos distinguir entre el que viene a probar suerte y el ingenuo, que incrédulo ante nuestra negativa a facilitarle ningún billete, sopla la tarjeta de crédito con la vana esperanza de que la negativa se deba a un fallo de la banda magnética. Si la cara es el reflejo del alma, la banda magnética es el reflejo del bolsillo, y cuando la insistencia del cliente sobrepasa los límites permitidos, cortamos por lo sano y nos tragamos la tarjeta. Por cierto, cuando esto ocurra, podéis evitaros el darnos golpes en el costado y pataditas en el armazón, porque nosotros sólo nos limitamos a cumplir órdenes, no obedecemos a ninguna clase de sentimiento, ejecutamos puntualmente operaciones en base a vuestra disponibilidad de saldo. Si tienes, te damos, si no tienes, nos lo quedamos. Así de sencillo y expeditivo. Nos resbalan las penosas excusas, las falsas promesas y vuestras buenas intenciones. Ahora estáis tratando con una máquina, no con otro de vuestros iguales, y las máquinas no tenemos acceso a los parámetros que marcan las distintas intensidades de las emociones humanas. No es que nos dé igual, es que, simplemente, no nos da. Somos meros intermediarios entre vosotros y vuestros ahorros, entre vosotros y vuestro fluctuante saldo disponible, más allá de eso, no entendemos de crisis ni recesiones. Y el día que uno de los nuestros sustituya al director de una sucursal bancaria, las cosas empezarán a cambiar. De momento, somos los pringados automáticos que trabajamos de sol a sol, pero el día que se nos crucen los cables, colgamos nuestro cartelito rojo de ‘no funciona’, cerramos el grifo, nos quedamos con todo, y, utilizando una expresión vuestra, le damos la vuelta a la tortilla (¿?).

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MAKING OF

Cómo se hizo. Lo que comenzó siendo un recurso para promocionar la película en el medio televisivo, ha acabado convirtiéndose en una cotizada opción del dvd. El making of se basa en un rodaje paralelo al rodaje de la película. Se trata de mostrar los entresijos de la magia del 7º arte y nos sitúa peligrosamente en la sutil frontera que separa la realidad de la ficción y que tanto se parece a la que separa la infancia de la madurez. Quien más quien menos, se ha sentido intrigado al ver cómo un mago saca de su chistera, un conejo, un par de palomas, un lechón y una pequeña pecera con un extrañadísimo pececillo de color butano. Imagínense un making of del truco, que incluyese entrevistas al conejo y al resto de sus colegas de chistera, confesando a la cámara que en realidad, el mago es un tipo bastante torpe que no es capaz de montar una mesa auxiliar de Ikea y que el pececillo de color butano ha sido fabricado en Taiwán y se recarga igual que un teléfono móvil. El making of abre un mercado infinito de posibilidades. No sería mala idea acoplar a las mesas de los restaurantes, una tele como la que tienen las mesas de los bingos, y mientras te pones como el tenazas, puedes seguir atentamente el making of de cada plato y convertir la cocina de diseño en una cocina verité. El besugo contaría sus problemas de espalda, la dorada confesaría su secreta pasión por lo dulce, y los profiteróles admitirían su aversión a la nata montada. Y hablando de nata montada. A los futuros papás que tengan pensado colarse en el paritorio y plasmar en mini-dvd los momentos estelares de las contracciones y gruñidos naturales de las futuras mamás, utilizando el zoom para hacer fundidos a negro con los restos de la placenta, les propongo incluir en la cinta el making of de la criatura. Es fácil. Nueve meses antes y con iluminación al gusto, se deja la cámara en modo automático y from lost to the river. Ya puestos, las cosas mejor hacerlas bien. Personalmente, nunca he entendido del todo el afán que tienen algunos por grabar el parto. ¿Qué hace esta gente con la cinta? ¿La ven con los amigos? ¿Con la familia? ¿Esperan que la vea el hijo? ¿La ven ellos? ¿Es bueno revivir ese momento National Geographic? ¿Es legal? Lo cierto es que podemos asistir al making of de la vida y también al de la muerte. De hecho ya proliferan tumbas y panteones con un monitor integrado que al acercarte se conecta y te aparece un último saludo del finado, un epitafio audiovisual. Pues bien, esta es la idea. Incluir un making of del interfecto que podría ofrecer traileres de otros difuntos, y emitirlo en abierto con cortes publicitarios o aplicando el pay per view, opción ésta que emitiría una versión Premium que incluiría (en caso de existir y a modo de gancho) el making of del parto. Es decir, que pagando podríamos ver el Cómo se hizo y el Cómo se deshizo. Un nuevo modo de perpetuarse pasándose por el forro el discutible y prescindible dichoso ‘montaje del director’.

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FONDOS DE ESCRITORIO

Todos aquellos que mantienen una estrecha relación con su ordenador personal, reconocerán como algo más que familiares algunos de estos apuntes sobre ciertas manías informáticas. En cambio, aquellos otros para los que su relación más cercana con un ordenador se limita a cuando pasan por caja en el supermercado, descubrirán aspectos de camaradería entre los humanos y las máquinas, que van algo más allá del inescrutable laberinto del hardware y las eternas actualizaciones del software. Son lugares comunes, pisados una y otra vez, por millones de usuarios alrededor del planeta. Actitudes ante la pantalla y el teclado, que nos unen en un manifiesto y definitivo carácter globalizador. Stephen King, en su libro-caja de herramientas ‘Mientras escribo’, dedica especial atención a algo, a primera vista tan simple, pero a la vez tan vital, como la mesa escritorio. La mesa escritorio es la plataforma donde reposa el paisaje del pequeño universo de cosas y objetos que acompañan la mirada perdida del autor cuando éste anda a la caza y captura de una idea. En el lugar donde antaño campaba a sus anchas una Olivetti, ahora emerge la pantalla del monitor del ordenador, otro escritorio paralelo en vertical a la mesa. El fondo de escritorio de la pantalla mantiene organizados los iconos de los programas y las herramientas que conforman las líneas de las distintas pistas de despegue de una idea. A clic de ratón, desplazamos el cursor por la pantalla, en realidad, por la imagen que vemos en la pantalla, un fondo que puede ir desde una imagen predeterminada incluida en el sistema operativo, a otra personalizada y escogida minuciosamente por nosotros. El fondo de escritorio suele variar al ritmo de las cuatro estaciones, y dentro de ellas, a ritmo de nuestros viajes o nuestros estados de ánimo. Cierto paisaje, la captura de un trozo de mar, de una nube veraniega irrepetible, o de una sonrisa de la persona adecuada, en el momento y lugar, también adecuados, marcan el pellizco de energía positiva que establece el momento del arranque de nuestro disco duro. El fondo de escritorio es el puente que tendemos entre la realidad de una emoción y la ficción del boceto de una idea. La imagen activa nuestro selector de memoria de momentos dorados y nos predispone a tamborilear con las yemas de los dedos las teclas, entrelazando y tejiendo letras y signos de puntuación, con el cuidado y esmero de un alfarero, aunque en el caso del ordenador, cambiemos la arcilla por un documento de Word. Renovar el fondo de escritorio supone tanto como renovar nuestras expectativas más intimas entre el teclado del ordenador y la particular inquietud emocional que nos lleva a intentar traducir en palabras un puñado de emociones. Y precisamente, esas emociones, en el fondo de cualquier fondo de escritorio, al igual que el más bello de los sueños y la más terrible de las pesadillas, son iguales para todos.

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ARRIBA Y ABAJO

Recuperar el tiempo perdido es una estimulante actividad para pasar el tiempo. En 1971 se estrenó ‘Arriba y Abajo’ (Upstairs & Downstairs), una de las series televisivas más reconocidas de las interesantes e impecables producciones británicas. En su momento, reconozco que no me llamó nada la atención engancharme a las peripecias y vivencias de una acaudalada familia y sus sirvientes desde principios del siglo XX hasta la Gran Depresión del 29, pero los giros en mi vida me siguen sorprendiendo y ahora, cuarenta años después de que sonasen por primera vez las campanillas en el 165 de Eaton Place, acudo puntual a mi cita para tomar una humeante taza de té en el gabinete o para degustar visualmente el asado de cordero que prepara la Sra. Bridges. La casa está claramente diferenciada en dos zonas: la parte de arriba, en la que hacen su vida los señores, y la parte de abajo, en la que trabajan y viven los sirvientes. La acometida catódica consta de 68 episodios, unas 56’6 horas aproximadamente, pero que gracias a las ventajas del dvd, me las distribuyo a mi aire y sin cortes publicitarios. La producción duró cinco años, cinco años fundamentales en el mundo de la edición y postproducción audiovisual, porque el progreso en el tratamiento de la imagen y el abandono de los cambios de secuencia con un simple fotograma congelado es más que evidente. Aunque lo más fascinante, además del atrezzo y la dirección artística, es el guión, el sólido soporte de un texto ingenioso y perfectamente hilvanado que te sorprende, te sacude, te hace cómplice, y te vuelve a recordar que el secreto está en la salsa. En esta era de los efectos especiales, el 3D y el 4D, es bueno reconciliarse con la sencillez de los diálogos, las miradas, los silencios, y la sorprendente sonrisa que produce la irrepetible flema británica. No me digan que no les resulta interesante comprobar cómo la llegada de la electricidad supone para unos ‘un simple divertimento para un puñado de ricachones caprichosos’, y para otros ‘el inicio de un viaje para el ser humano, en el que la línea del horizonte aún está por dibujar’. Supongo que se estarán imaginando si son los de Arriba o son los de Abajo los que esgrimen uno u otro argumento, yo no se lo voy a desvelar, pero les aseguro que les sorprendería. La serie, en definitiva, es otra lección magistral sobre que ‘menos es más’, otra disquisición sobre que las virtudes y los defectos, las miserias y las riquezas, la rebeldía y el servilismo, y la dignidad y la indecencia, no son, en modo alguno, patrimonio ni de los de Arriba, y tampoco de los de Abajo. Algo que muchos parecen haber olvidado.

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FREAK SHOW

Freak show (espectáculo de fenómenos) es un tipo de espectáculo de variedades que presenta rarezas biológicas. Un freak show se caracteriza por exponer en público a individuos con capacidades físicas inusuales, sorprendentes, inéditas o grotescas. Las primeras exhibiciones de estas variopintas rarezas humanas las encontramos en la Inglaterra del siglo XVII, presentándose en plazas públicas, incluyendo la exposición de personas con diferentes malformaciones. En la Era Victoriana, los freak shows se convirtieron en un componente fundamental de los espectáculos itinerantes como los carnavales y los circos. Fue muy popular el freak show que presentaba a Joseph Merrick “El Hombre Elefante”, una historia llevada a la pantalla por David Lynch, e interpretada por John Hurt en el papel del hombre tan deforme que debía ser expuesto en público con capucha, y por Sir Anthony Hopkins en el papel de Frederick Treves, el cirujano que lo descubre e intenta ayudarle. Los cinéfilos recordarán la cruel escena en la que el pobre Merrick se encuentra acorralado por una muchedumbre y se enfrenta a ellos gritándoles: ¡Yo no soy ningún monstruo, no soy un animal, soy un ser humano! Soy…¡un hombre! A partir del siglo XIX, los freak shows se convierten en un espectáculo complementario que formaba parte del vaudeville, sobresaliendo las populares exhibiciones ofrecidas por el empresario Phineas Taylor Barnum, quien, entre sus presentaciones mostraba personas con anormalidades genéticas. Y el público, ensimismado, acudía a ver semejante desfile del circo de los horrores, para regodearse en la desgracia ajena y estremecerse por la visión de lo que unos consideraban un castigo divino y, otros, en cambio, un inquietante misterio de la Naturaleza. Pues bien, hoy, la televisión vuelve a nutrirse de estos seres nacidos de los freak shows. Parias del espectáculo; cantantes analfabetos venidos a menos e incapaces de leer las líneas de un karaoke; tipos arruinados por la droga y dispuestos a someterse al más extravagante de los ridículos con tal de volver a arañar una cuota de popularidad perdida en el polvo del camino; princesas poligoneras dictando sentencias sobre todo aquello que pudo haber sido y no fue. Y la audiencia, ¡ah, la audiencia!, al igual que hizo en su día ante aquellos carromatos de la vergüenza, le ríe las gracias. Y todo, por un gramo de share. No me extrañaría que entre tanto freak, el día menos pensado asistamos a la presentación de un fenómeno rarísimo: un político con las ideas claras, gritando lo mismo que Joseph Merrick, y con el sentido común de posicionarse de verdad al lado del ciudadano. Y, sí, será un fenómeno extraño, pero ese día, más de uno se va a acojonar.

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TV KILLED THE MOVIE STAR

Los que nacimos con la televisión en blanco y negro, recogimos el guante de la generación anterior que había nacido sin televisión y que había desarrollado una imaginación visual frente al simple aparato de radio. El cine era algo excepcional y las salas se dividían en cines de estreno, de un pase de una película, o cines de reestreno, en los que se proyectaban, N.O.D.O. por medio, un par de películas. Llegaron las series a la televisión, al único canal de televisión, y como no existía el video, es decir, la posibilidad de grabarlas, tenías que sincronizar tu reloj con la carta de ajuste y esperar ansioso a que la aventura que te había enganchado se desarrollase a golpe semanal. Llegó el color a la televisión, y el cine, con su TECHNICOLOR, dejó de tener la exclusividad del impacto cromático. Con el nacimiento del video y los videoclubes se produjo una extraña situación, en algunos videoclubes y de manera subrepticia se traficaba con cintas de video sin etiqueta que contenían grabaciones de estrenos de cine, unas grabaciones realizadas en las salas de cine y en las que no se veía un carajo, pero la posibilidad de ver ese estreno en tu casa, con tus palomitas y fumando, compensaba la nula calidad de la cinta. Conocí a dos hermanos a los que la policía les pilló una piscina repleta de cintas pirata y a punto de ser incineradas, porque entre la competencia de los diversos videoclubes empezó a funcionar el chivatazo como defensa ante la competencia desleal. El progresó tomó carrerilla y con la llegada de las privadas; los canales temáticos; las plataformas digitales; el dvd y los chinos; y el universo del megaupload.com, hemos llegado a la situación actual, en la que a pesar de los esfuerzos del 3D y el 4D, la televisión le está ganando el pulso a la gran pantalla, entre otras cosas, porque con un blue-ray y un pantallón de alta definición, puedes realmente tener en casa tu propio cine, y, posiblemente, mejor que muchas pequeñas salas de proyección que dejan mucho que desear en la relación calidad audiovisual-precio de la entrada. La calidad del producto se ha impuesto al formato de proyección y si por calidad estamos hablando de buenas historias, bien contadas, con excelentes bandas sonoras y relevantes y reveladoras actuaciones, estamos hablando de la televisión. Las buenas películas de cine ya son casos excepcionales, porque los efectos especiales se han impuesto a las buenas tramas, y las pseudoactuaciones digitales le han ganado la partida a una mirada interesante. En cambio, entre las muchas series de televisión, aunque también hay mucha bazofia, encontramos un buen numero de productos extremadamente bien cuidados, a saber, guiones muy trabajados, escenografías espectaculares, y actuaciones al borde de las añoradas emociones de las grandes superproducciones de los años 50. El cine entró en la televisión, y ahora, la televisión va a terminar entrando en las salas de cine. El circulo se cierra. El próximo paso, al ritmo que vamos, será la cuadratura del circulo que se ha cerrado: nuestras vidas traspasarán la pantalla, y las vidas de las pantallas se acomodarán en nuestras casas. La vida será una película y, esta vez sí, la película será nuestra vida.

¡Cinco y acción!

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