FONDOS DE ESCRITORIO

Todos aquellos que mantienen una estrecha relación con su ordenador personal, reconocerán como algo más que familiares algunos de estos apuntes sobre ciertas manías informáticas. En cambio, aquellos otros para los que su relación más cercana con un ordenador se limita a cuando pasan por caja en el supermercado, descubrirán aspectos de camaradería entre los humanos y las máquinas, que van algo más allá del inescrutable laberinto del hardware y las eternas actualizaciones del software. Son lugares comunes, pisados una y otra vez, por millones de usuarios alrededor del planeta. Actitudes ante la pantalla y el teclado, que nos unen en un manifiesto y definitivo carácter globalizador. Stephen King, en su libro-caja de herramientas ‘Mientras escribo’, dedica especial atención a algo, a primera vista tan simple, pero a la vez tan vital, como la mesa escritorio. La mesa escritorio es la plataforma donde reposa el paisaje del pequeño universo de cosas y objetos que acompañan la mirada perdida del autor cuando éste anda a la caza y captura de una idea. En el lugar donde antaño campaba a sus anchas una Olivetti, ahora emerge la pantalla del monitor del ordenador, otro escritorio paralelo en vertical a la mesa. El fondo de escritorio de la pantalla mantiene organizados los iconos de los programas y las herramientas que conforman las líneas de las distintas pistas de despegue de una idea. A clic de ratón, desplazamos el cursor por la pantalla, en realidad, por la imagen que vemos en la pantalla, un fondo que puede ir desde una imagen predeterminada incluida en el sistema operativo, a otra personalizada y escogida minuciosamente por nosotros. El fondo de escritorio suele variar al ritmo de las cuatro estaciones, y dentro de ellas, a ritmo de nuestros viajes o nuestros estados de ánimo. Cierto paisaje, la captura de un trozo de mar, de una nube veraniega irrepetible, o de una sonrisa de la persona adecuada, en el momento y lugar, también adecuados, marcan el pellizco de energía positiva que establece el momento del arranque de nuestro disco duro. El fondo de escritorio es el puente que tendemos entre la realidad de una emoción y la ficción del boceto de una idea. La imagen activa nuestro selector de memoria de momentos dorados y nos predispone a tamborilear con las yemas de los dedos las teclas, entrelazando y tejiendo letras y signos de puntuación, con el cuidado y esmero de un alfarero, aunque en el caso del ordenador, cambiemos la arcilla por un documento de Word. Renovar el fondo de escritorio supone tanto como renovar nuestras expectativas más intimas entre el teclado del ordenador y la particular inquietud emocional que nos lleva a intentar traducir en palabras un puñado de emociones. Y precisamente, esas emociones, en el fondo de cualquier fondo de escritorio, al igual que el más bello de los sueños y la más terrible de las pesadillas, son iguales para todos.

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ARRIBA Y ABAJO

Recuperar el tiempo perdido es una estimulante actividad para pasar el tiempo. En 1971 se estrenó ‘Arriba y Abajo’ (Upstairs & Downstairs), una de las series televisivas más reconocidas de las interesantes e impecables producciones británicas. En su momento, reconozco que no me llamó nada la atención engancharme a las peripecias y vivencias de una acaudalada familia y sus sirvientes desde principios del siglo XX hasta la Gran Depresión del 29, pero los giros en mi vida me siguen sorprendiendo y ahora, cuarenta años después de que sonasen por primera vez las campanillas en el 165 de Eaton Place, acudo puntual a mi cita para tomar una humeante taza de té en el gabinete o para degustar visualmente el asado de cordero que prepara la Sra. Bridges. La casa está claramente diferenciada en dos zonas: la parte de arriba, en la que hacen su vida los señores, y la parte de abajo, en la que trabajan y viven los sirvientes. La acometida catódica consta de 68 episodios, unas 56’6 horas aproximadamente, pero que gracias a las ventajas del dvd, me las distribuyo a mi aire y sin cortes publicitarios. La producción duró cinco años, cinco años fundamentales en el mundo de la edición y postproducción audiovisual, porque el progreso en el tratamiento de la imagen y el abandono de los cambios de secuencia con un simple fotograma congelado es más que evidente. Aunque lo más fascinante, además del atrezzo y la dirección artística, es el guión, el sólido soporte de un texto ingenioso y perfectamente hilvanado que te sorprende, te sacude, te hace cómplice, y te vuelve a recordar que el secreto está en la salsa. En esta era de los efectos especiales, el 3D y el 4D, es bueno reconciliarse con la sencillez de los diálogos, las miradas, los silencios, y la sorprendente sonrisa que produce la irrepetible flema británica. No me digan que no les resulta interesante comprobar cómo la llegada de la electricidad supone para unos ‘un simple divertimento para un puñado de ricachones caprichosos’, y para otros ‘el inicio de un viaje para el ser humano, en el que la línea del horizonte aún está por dibujar’. Supongo que se estarán imaginando si son los de Arriba o son los de Abajo los que esgrimen uno u otro argumento, yo no se lo voy a desvelar, pero les aseguro que les sorprendería. La serie, en definitiva, es otra lección magistral sobre que ‘menos es más’, otra disquisición sobre que las virtudes y los defectos, las miserias y las riquezas, la rebeldía y el servilismo, y la dignidad y la indecencia, no son, en modo alguno, patrimonio ni de los de Arriba, y tampoco de los de Abajo. Algo que muchos parecen haber olvidado.

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FREAK SHOW

Freak show (espectáculo de fenómenos) es un tipo de espectáculo de variedades que presenta rarezas biológicas. Un freak show se caracteriza por exponer en público a individuos con capacidades físicas inusuales, sorprendentes, inéditas o grotescas. Las primeras exhibiciones de estas variopintas rarezas humanas las encontramos en la Inglaterra del siglo XVII, presentándose en plazas públicas, incluyendo la exposición de personas con diferentes malformaciones. En la Era Victoriana, los freak shows se convirtieron en un componente fundamental de los espectáculos itinerantes como los carnavales y los circos. Fue muy popular el freak show que presentaba a Joseph Merrick “El Hombre Elefante”, una historia llevada a la pantalla por David Lynch, e interpretada por John Hurt en el papel del hombre tan deforme que debía ser expuesto en público con capucha, y por Sir Anthony Hopkins en el papel de Frederick Treves, el cirujano que lo descubre e intenta ayudarle. Los cinéfilos recordarán la cruel escena en la que el pobre Merrick se encuentra acorralado por una muchedumbre y se enfrenta a ellos gritándoles: ¡Yo no soy ningún monstruo, no soy un animal, soy un ser humano! Soy…¡un hombre! A partir del siglo XIX, los freak shows se convierten en un espectáculo complementario que formaba parte del vaudeville, sobresaliendo las populares exhibiciones ofrecidas por el empresario Phineas Taylor Barnum, quien, entre sus presentaciones mostraba personas con anormalidades genéticas. Y el público, ensimismado, acudía a ver semejante desfile del circo de los horrores, para regodearse en la desgracia ajena y estremecerse por la visión de lo que unos consideraban un castigo divino y, otros, en cambio, un inquietante misterio de la Naturaleza. Pues bien, hoy, la televisión vuelve a nutrirse de estos seres nacidos de los freak shows. Parias del espectáculo; cantantes analfabetos venidos a menos e incapaces de leer las líneas de un karaoke; tipos arruinados por la droga y dispuestos a someterse al más extravagante de los ridículos con tal de volver a arañar una cuota de popularidad perdida en el polvo del camino; princesas poligoneras dictando sentencias sobre todo aquello que pudo haber sido y no fue. Y la audiencia, ¡ah, la audiencia!, al igual que hizo en su día ante aquellos carromatos de la vergüenza, le ríe las gracias. Y todo, por un gramo de share. No me extrañaría que entre tanto freak, el día menos pensado asistamos a la presentación de un fenómeno rarísimo: un político con las ideas claras, gritando lo mismo que Joseph Merrick, y con el sentido común de posicionarse de verdad al lado del ciudadano. Y, sí, será un fenómeno extraño, pero ese día, más de uno se va a acojonar.

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TV KILLED THE MOVIE STAR

Los que nacimos con la televisión en blanco y negro, recogimos el guante de la generación anterior que había nacido sin televisión y que había desarrollado una imaginación visual frente al simple aparato de radio. El cine era algo excepcional y las salas se dividían en cines de estreno, de un pase de una película, o cines de reestreno, en los que se proyectaban, N.O.D.O. por medio, un par de películas. Llegaron las series a la televisión, al único canal de televisión, y como no existía el video, es decir, la posibilidad de grabarlas, tenías que sincronizar tu reloj con la carta de ajuste y esperar ansioso a que la aventura que te había enganchado se desarrollase a golpe semanal. Llegó el color a la televisión, y el cine, con su TECHNICOLOR, dejó de tener la exclusividad del impacto cromático. Con el nacimiento del video y los videoclubes se produjo una extraña situación, en algunos videoclubes y de manera subrepticia se traficaba con cintas de video sin etiqueta que contenían grabaciones de estrenos de cine, unas grabaciones realizadas en las salas de cine y en las que no se veía un carajo, pero la posibilidad de ver ese estreno en tu casa, con tus palomitas y fumando, compensaba la nula calidad de la cinta. Conocí a dos hermanos a los que la policía les pilló una piscina repleta de cintas pirata y a punto de ser incineradas, porque entre la competencia de los diversos videoclubes empezó a funcionar el chivatazo como defensa ante la competencia desleal. El progresó tomó carrerilla y con la llegada de las privadas; los canales temáticos; las plataformas digitales; el dvd y los chinos; y el universo del megaupload.com, hemos llegado a la situación actual, en la que a pesar de los esfuerzos del 3D y el 4D, la televisión le está ganando el pulso a la gran pantalla, entre otras cosas, porque con un blue-ray y un pantallón de alta definición, puedes realmente tener en casa tu propio cine, y, posiblemente, mejor que muchas pequeñas salas de proyección que dejan mucho que desear en la relación calidad audiovisual-precio de la entrada. La calidad del producto se ha impuesto al formato de proyección y si por calidad estamos hablando de buenas historias, bien contadas, con excelentes bandas sonoras y relevantes y reveladoras actuaciones, estamos hablando de la televisión. Las buenas películas de cine ya son casos excepcionales, porque los efectos especiales se han impuesto a las buenas tramas, y las pseudoactuaciones digitales le han ganado la partida a una mirada interesante. En cambio, entre las muchas series de televisión, aunque también hay mucha bazofia, encontramos un buen numero de productos extremadamente bien cuidados, a saber, guiones muy trabajados, escenografías espectaculares, y actuaciones al borde de las añoradas emociones de las grandes superproducciones de los años 50. El cine entró en la televisión, y ahora, la televisión va a terminar entrando en las salas de cine. El circulo se cierra. El próximo paso, al ritmo que vamos, será la cuadratura del circulo que se ha cerrado: nuestras vidas traspasarán la pantalla, y las vidas de las pantallas se acomodarán en nuestras casas. La vida será una película y, esta vez sí, la película será nuestra vida.

¡Cinco y acción!

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RECHIFLADO EN MI TRISTEZA

Lo lógico, lo natural, lo que se supone que está establecido por ley de vida, es ir perdiendo amigos cuando ya eres mayor, muy mayor, pongamos que a partir de los ochenta, pero cuando llevas una vida perdiendo a seres queridos, a gente que ha recorrido contigo intensos tramos de carretera, visitas la barra del bar de la tristeza y te bebes hasta la última lágrima. La borrachera de lágrimas no tiene resaca, amaneces, suspiras y echas a caminar. Es una borrachera exenta de arrepentimientos, una cogorza de pensamientos y dudas, de respuestas sin preguntas. Repasas creencias; rebuscas en amables religiones huérfanas de fuegos eternos; revives en el callejón de los recuerdos las sensaciones y los momentos que cuidadosamente separamos de las cenizas. En ese callejón no es de día ni de noche; no hace frío ni calor; no hay paisajes definidos y la lluvia no cala; es un callejón sin entrada que sólo tiene salida. Un lugar en el que refugiarte, sentado en la portada de un viejo disco de Cat Stevens, dibujando con el dedo estrellas imperfectas. Y tomas cierta distancia con la realidad porque es la única manera de intentar entender la granizada de escalofríos que te está cayendo encima. ¿Tiene que ver con la suerte? ¿Con la injusticia? ¿Con un destino escrito con un lápiz roto? ¿Con designios inciertos de un extraño universo? O, acaso, en definitiva, nada tiene que ver con nada, y simplemente ocurre porque así es la vida. Vuelvo a pasear por ese callejón y entro de nuevo en el bar de la tristeza, un garito levantado sobre cimientos de pena, y me siento en la barra; de un vistazo suena un bandoneón en la máquina de discos, y me parece que fue ayer cuando a mi querido Flaco Porcelli y a su mujer, Norma, el tiempo les embargó el alma. Cuando pienso en ellos tengo la extraña certeza de que habrán llegado al lugar que los dos soñaron, lejos de la disonancia de la mala suerte, y muy cerca de la armonía de un ansiado acorde imposible. Me pido un doble de lágrimas con hielo y me lo bebo de un trago. Esperaba un milagro. Y confío en que se haya producido allá arriba, en el Cafetín Musiquero, entre la calle Santaló y el garabato de una nube sonriente. Puede que sea verdad eso de que ‘vivir es llegar y morir es volver’.

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ON/OFF

En 1979 se estrenó ‘Being There’, una película dirigida por Hal Ashby con guión firmado por Jerzy Kosinski, autor también de la novela en la que se basó la película que aquí, con la extraña, misteriosa e inquietante manía de algunos badulaques en cambiar los títulos originales, se tituló como ‘Bienvenido, Mr. Chance’. El poker de interpretaciones magistrales a cargo de Peter Sellers, Shirley MacLaine, Melvyn Douglas y Jack Warden elevan la película a categoría de imprescindible. Peter Sellers interpreta a Chance, un tipo inocente y de mente limitada que ha pasado toda su vida dedicado al cuidado del jardín de una mansión y que únicamente se ha asomado al mundo exterior a través de las televisiones que están instaladas en la casa. Cuando el dueño de la casa fallece, Chance debe abandonar la casa y su jardín y enfrentarse a la vida real. Uno de sus primeros encontronazos con la realidad lo tiene con unos jóvenes rufianes que pretenden atracarle. Chance reacciona ingenuamente con un acto reflejo: saca de un bolsillo el mando a distancia de la televisión, y apuntando a sus atracadores, pulsa repetidamente el botón ‘off’ para desconectar la incomoda situación. Una reacción natural y comprensible en un tipo que está acostumbrado a cambiar las imágenes que le resultan desagradables a golpe de botón de control remoto. Lo que en su día me pareció un ingenioso gag, hoy lo vivo como una metáfora de supervivencia, una opción que me permite escoger libremente entre mi personal percepción de lo bueno y lo malo; de lo justo y lo injusto; de la luz y la oscuridad. Llega un momento en la vida en el que pierdes el temor a no ser políticamente correcto y pulsas virtualmente el botón de ‘off’ y el de ‘on’ dependiendo de la situación y las personas. ‘On’, me gusta; ‘Off’, no me gusta. Así de simple. No buscas la aprobación de nadie. Te dejas llevar por la intuición, por la experiencia de los años, y, ¡abracadabra!, actúas en consecuencia. Enciendes lo amable, lo agradable, lo divertido; y apagas la grosería, lo desagradable y lo aburrido. No tiene una efectividad absoluta, pero me conformo con la intención. Te mantienes conectado o te desconectas. Al igual que Chance, eliges lo que quieres ver o no. No tienes porqué tragarte un programa que no te interesa y que no te aporta nada más allá del aburrimiento y un cabreo interior in crescendo. No se trata simplemente de darle la espalda a todo aquello que nos incomoda, no, la elección no siempre está en nuestras manos, se trata de intentar no perder el tiempo, de dedicar el tiempo a aquellas cosas, personas y situaciones que reconfortan nuestra vida. Como dice el personaje que interpreta Jack Warden en la película: ‘La vida es solo un estado de la mente’. Y la mente, para Chance, era su jardín. Un espacio que precisa de tu atención y cuidados, podando las hojas secas, sembrando a la espera de nuevos brotes, y limpiando las malas hierbas. Regar o arrancar. On/Off.

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El DESVÁN DE LOS SONIDOS PERDIDOS

Silencio y polvo son dos de las características comunes que se encuentran en todos los desvanes del mundo. Lo mismo en Oriente que en Occidente, lo mismo en los cuatro puntos cardinales, el tiempo que en su momento fue moderno, se torna antiguo y se recoge silencioso en los desvanes particulares de todas y cada una de las pequeñas grandes historias que han sido soñadas, vividas y, un día, recordadas. Guardamos y almacenamos cosas, posiblemente siempre demasiadas, que de un modo u otro vinculamos a la memoria del recuerdo de algo que en su día fue y hoy sólo es agua pasada. Es conveniente, de vez en cuando, armarse de valor y paciencia y visitar ese desván, desván que puede ser un cuarto trastero o un simple cajón, el lugar, en definitiva, donde apilamos nuestro particular boceto de almoneda, y hacer una selección de lo que realmente tiene sentido seguir guardando o no. Fotos, papeles, notas, pasaportes caducados, llaveros y un sinfín de objetos reciclables envueltos en un papel invisible de nostalgia volverán a pasar por nuestras manos, los tocaremos, los leeremos y decidiremos si vale o no la pena continuar manteniendo a buen recaudo algo de lo que ni siquiera nos acordábamos. Y en una de esas operaciones de reciclaje de objetos del pasado, un día vas y te reencuentras con las polvorientas cintas de cassette y recuerdas que uno de tus equipos de música aún tiene la doble pletina. Al principio da así como pereza, rebobinar, poner el modo ‘reverse’, pulsar o no la tecla de ‘noise reduction’, en fin, todo un protocolo comparado con el acceso a un cd o a un formato de mp3. Pero te sientas tranquilamente y empiezas a repasar las cintas y compruebas las que tienes actualizadas en cd y las que se quedaron para siempre en el silencio del paso del tiempo y del progreso. Y te empieza a picar la curiosidad; y miras de reojo la doble pletina que no has usado en los últimos años; y pulsas la tecla de ‘eject’ y suena un ruido característico, personal e intransferible, un ‘clack’ especial que te transporta a otra época, con toda seguridad, la que coincide con la cinta de cassette que vayas a escuchar. Y redescubres canciones que habían sido abducidas por el olvido, y la música vuelve a sonar con los sonidos de antes. Escuchas la armónica de Springsteen arrancando los primeros compases de ‘The River’ y vuelves a sentir que el tiempo es relativo. Haga usted la prueba, entre en su desván, póngale pilas al walkman, busque algunas cintas de cassette abandonadas, conecte los auriculares, sonría y disfrute. Acaba de quitarle el polvo al silencio.

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EPITAFACEBOOK

El asunto de la muerte en relación con las redes sociales parece habérseles pasado por alto a los sesudos programadores informáticos. No creo ser el único que se ha llevado ya un par de sobresaltos al recibir algo así como un ‘me gusta’ del más allá. Todo empieza cuando un día te comunican que un ser querido, un amigo, un conocido de tu lista de facebook ha pasado a mejor vida. Me llama mucho la atención el hecho de que algunos, en vez de dejar un mensaje de condolencia, se limiten a darle al ‘me gusta’. ¿Por qué? No lo entiendo. ¿Qué es lo que les gusta? ¿Que les comuniquen que a alguien de su lista le han enviado una caja de malvas y las está criando? ¿O realmente lo que quieren indicar es que les gusta que se lo hayan comunicado y que lo sienten en el alma porque les ‘gustaba’ esa persona que ya no va a dejar mensajes ni a colgar videos o canciones? Un lío. Por eso lo más práctico es dejar un escueto mensaje lamentando la pérdida y dejarnos de tonterías de darle al icono del puñito con el pulgar hacia arriba, como si consiguiendo un millón de ‘likes’ el finado fuese a resucitar. Pero lo curioso viene después de la necrológica, cuando días, semanas o meses más tarde, de repente te aparece un mensaje del fallecido en cuestión, un mensaje que quedó perdido en alguna conversación perdida de alguna noche perdida, o te aparece en la columna de ‘personas que quizá conozcas’. Y en ese momento, tras superar un escalofrío que te recorre el cuerpo desde el talón de Aquiles hasta la trompa de Eustaquio, se te va el dedo al botón derecho del ratón y vuelves a entrar en su página. Por un instante tienes una sensación mezcla de ouija multimedia, de Ghost y de Frequency al mismo tiempo. Los mensajes, gustos y preferencias del pasado vuelven a hacerse presentes, recordándote que, en definitiva, tú también te encuentras en esa lista y que es cuestión de tiempo que tu página pase al mismo curioso estado que la que estás viendo. Una página que nadie se ha preocupado de borrar; una página que permanece más allá de su dueño; una página que deja en tus manos la decisión de ‘dejar de ser amigo’ o no; una página que es un epitafio anticipado; una página que te recuerda que en tu lista de facebook tienes amigos muertos que continúan más vivos que nunca, y amigos vivos que, sin saberlo ellos, llevan ya mucho tiempo muertos. Mmm…, ¿qué hago, le doy o no le doy?

Venga, le doy. Es año nuevo. Nuevos propósitos. Me gusta.

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EL RINCÓN DE LAS COSAS PERDIDAS

Nadie sabe adónde van a parar las cosas que se pierden. Y no me refiero a las cosas que uno ha olvidado dónde ha guardado, no, me estoy refiriendo a las cosas que de repente desaparecen, sí, tal y como acaban de leer, las cosas que de-sa-pa-re-cen. Objetos que uno recuerda haber tenido en sus manos y que por arte de birlibirloque se esfuman de su propia existencia y son engullidos por otra dimensión, una dimensión que va y viene, que no avisa y que se agencia de todo aquello que carece de cualquier tipo de adhesividad a una remota línea temporal. Las misteriosas desapariciones empiezan a hacer acto de presencia desde nuestros primeros días de cuna, biberones y pañales. Qué madre y qué padre no recuerda haber depositado a su retoño en la cuna mientras éste duerme a pierna suelta chupando con una asombrosa técnica su chupete. Hasta aquí todo correcto, pero el asunto se enturbia cuando a la mañana siguiente el bebé te despierta con sus lloros y tú te diriges con la legaña puesta a darle de nuevo el chupete. ¿Sí o no? Buscas entre las sábanas de la cuna, buscas debajo del colchón de la cuna, buscas por toda su habitación, buscas entre sus pañales, y no aparece. Descubres que el chupete ha desaparecido y sabes que el niño no se lo ha tragado y que el chupete no se ha autodestruido. Y en un acto de desesperación y sin recordar que el bebé solo tiene tres meses, le preguntas que dónde ha puesto el chupete. El chiquitín nos da la llorada por respuesta y empezamos a rebobinar intentando recordar en qué momento le dimos el chupete la noche anterior. Y tras unas dudas mañaneras logramos tener la certeza de que sí se lo dimos antes de acostarle. Pero ahora ya no está. Y no vuelve a aparecer y nos damos por vencidos zanjando el asunto comprándole otro en la farmacia. A veces, al cabo de los años, el chupete aparece en otro lugar de la casa y ya ha pasado tanto tiempo que no le damos importancia a esa prueba irrefutable de que jamás podremos encontrarle explicación a ciertos misterios, porque con ciertos misterios, lo mejor que podemos hacer es aprender a convivir. Intentar desentrañarlos solo nos lleva a un callejón sin salida y con una frase aparcada bajo la luz de una farola: algunas cosas son como son, y lo que tenga que ser, será. Y el mismo misterio del chupete sigue ocurriéndonos con juguetes, con libros, con cd´s, con llaves, con calcetines, con papeles, con piezas de puzzles, con grapadoras, con fotografías, con chinchetas, con lo que sea. Muchas cosas desaparecen, y, si tan misteriosa es su desaparición, aun más lo es, llegado el caso, su aparición. ¿Adónde van a parar todas estas cosas? ¿Por qué no dejan ningún rastro? No lo sé. Unos hablan de mundos paralelos, otros de dimensiones caótico/temporales y otros de duendes cleptómanos. Lo cierto es que en algún lugar de la vida, en algún minuto eterno del universo, nos aguarda, perdido, nuestro rincón de las cosas perdidas. Y en ese rincón, volveremos a jugar, volveremos a soñar, volveremos a tener esperanza, y volveremos a descubrir que todo aquello que creíamos haber perdido, siempre estuvo con nosotros en un rincón del que sólo nosotros tenemos la llave, y esa llave tiene una curiosa forma. Esa llave tiene forma de chupete, aquel que un día perdimos y que nunca encontró nadie.

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